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Ley para la Reforma Política, sin padre pero con Suárez
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Ley para la Reforma Política, sin padre pero con Suárez

El 18 de noviembre de 1976, las Cortes franquistas aproban la Ley para la Reforma Política: el harakiri del franquismo que dio paso a la sistema actual

18 de noviembre de 1976. Las Cortes franquistas aprueban, con el 85% de la cámara a favor, la octava (y última) Ley Fundamental del Régimen: la Ley para la Reforma Política (Ley 1/1977). De esta manera, se cumplía las intenciones del entonces presidente de las Cortes, Torcuato Fernández Miranda, para reformar la dictadura hacia una democracia “de la ley a la ley”.

“Un empresario, un autor y un guionista”, de esta manera definió el propio Fernández Miranda la Transición y la elaboración de esa ley. La cita hace referencia, respectivamente, al entonces rey Juan Carlos I, a él mismo y al jefe de Gobierno Adolfo Suárez.

De esta manera, comenzaba el proceso reformista en España tras la muerte del dictador un año atrás (1975). El objetivo: establecer un sistema similar a los europeos que evitase una ruptura con lo anterior. Todo con el objetivo de mantener la estabilidad social y económica del país.

Torcuato, guionista

Aunque de cara al público y las relaciones institucionales, Adolfo Suárez fue el primor; fue la pluma de Torcuato Fernández Miranda quien elaboró la Ley para la Reforma Política. Fernández Miranda fue presidente del Gobierno de España entre Carrero Blanco y Arias Navarro y militante de las JONS, una figura reconocida dentro del franquismo. Y también, mano derecha del rey.

Fue él quien recomendó al monarca que Suárez ocupara el puesto de Arias Navarro. También fue él quien lideró las negociaciones entre franquistas, reformistas y opositores. Quien redactó la Ley para la Reforma Política. En definitiva, fue la persona que vertebró la Transición.

“No tiene padre”, le espeto Fernández Miranda a Suárez cuando le hizo entrega del borrador. Frente al rey o al propio Suárez, que buscaban mantenerse en el poder – “solo deseaba ser presidente del Gobierno”, recoge Mariano Guindal respecto al segundo –, el expresidente parecía más interesado en llevar a buen puerto las negociaciones.

Fernández Miranda sirvió como pieza desquiciante del “búnker” (el sector franquista más inmóvil) para que tanto su postura como sus grandes figuras fueran perdiendo presencia. Por ejemplo, fue él quien logró que el “no de Girón” fuera en vano gracias a que convenció a figuras como Miguel Primo de Rivera o Belén Landaburu en el Pleno de la Reforma.

Suárez, “don nadie”

Adolfo Suárez, jefe de Gobierno durante la Transición y primer presidente de Gobierno democrático, era una figura no tan conocida antes de que Juan Carlos I decidiera nombrarle. Había ocupado varios puestos dentro del Movimiento Nacional, como el de ministro del Movimiento o director general de Comunicaciones.

Fernández Miranda vio en Adolfo Suárez una figura de “consenso”, que era lo que pretendía. Como destacan en El declive de los dioses: Los secretos de la transición económica española desvelados por un testigo de excepción, la elección de Suárez (tildado por su adversario para la jefatura de Gobierno como “traidor de la comedia”) era una cuestión generacional más que ideológico: un franquista nacido en el corazón de Arias Navarro con tintes reformistas y que no veía mal un acercamiento a la oposición – aunque fuera él uno de los nombres propios en la masacre de Vitoria –.

Su joven edad y la facilidad que daba tanto a Fernández Miranda como a la oposición para elaborar la Ley para la Reforma Política le valieron el puesto.

Fuentes

  • GUINDAL Mariano; El declive de los dioses: Los secretos de la transición económica española desvelados por un testigo de excepción; Divulgación Historia, 2013.

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