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La vida cuando faltan kilowatios: cómo afecta la pobreza energética a la salud
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La vida cuando faltan kilowatios: cómo afecta la pobreza energética a la salud

El precio relativo a la factura de la luz sumado a los defectos estructurales de las viviendas exponen a miles de ciudadanos, particularmente si son mujeres, a padecer enfermedades crónicas

Foto: Save the Children / Lolo Vasco

«Yo no le veo coherencia a que nos suban el 2% en un sueldo y ahora te suban la factura de la luz o el butano más de lo que te han subido un sueldo. Hay veces que no llego a todo. A lo mejor los yogures se los comen en dos días. Pues ya hasta que no vuelvo a tener un dinerito, yo no puedo comprarles más yogures a mis niños», cuenta Salud, madre de tres hijos. Su marido es albañil, y ella es limpiadora y también la cuidadora principal del hogar —es decir, quien se encarga fundamentalmente de las tareas domésticas—.

Su testimonio —que recogía la organización Save the Children en febrero de este año— ejemplifica algunas de las claves principales de la pobreza energética: que este tipo de pobreza está relacionada con otros tipos de privación —como la pobreza alimentaria—, que el coste de la energía es alto y no todas las familias pueden pagarlo, que su vivienda no es todo lo eficiente energéticamente que podría ser y que, como mujer, su salud se puede ver más afectada al pasar más tiempo en una casa sin las condiciones de temperatura adecuadas.

Qué es la pobreza energética

El término «pobreza energética» surge en el Reino Unido en los 70, tras una crisis energética en el país que empuja a los investigadores a estudiar el problema para conocer su dimensión y sus causas:

«Pasan de considerarlo un aspecto marginal ligado a un concepto más amplio de pobreza a estudiarlo como un problema con entidad propia», apunta la arquitecta Carmen Sánchez-Guevara en su tesis doctoral «Propuesta metodológica de evaluación de la pobreza energética en España. Indicadores para la rehabilitación de viviendas» (Universidad Politécnica de Madrid, 2015).

«El combustible —junto con la comida, la vestimenta y el alojamiento— ha pasado a considerarse un derecho»

«Este cambio de perspectiva se produce debido al aumento de los precios de la energía, lo que hace que muchos hogares no puedan calentar sus viviendas adecuadamente. Es a partir de ese momento cuando comienza a hablarse del concepto de pobreza energética como tal y a considerarse el combustible —junto con la comida, la vestimenta y el alojamiento— como una necesidad básica, como un derecho», añade la arquitecta.

La definición, tal y como explica Sánchez-Guevara a Newtral, sería «la situación que sufren algunos hogares que no pueden acceder a los servicios básicos relacionados con la energía en la vivienda, debido a sus bajos ingresos, a las condiciones de la vivienda y a los altos precios de la energía».

En España, este término no se había reconocido en el ámbito institucional hasta el pasado abril, cuando el Gobierno socialista aprobó la Estrategia Nacional contra la Pobreza Energética —aunque el problema sí se había abordado con anterioridad con iniciativas como la creación del bono social en 2009—.

Se calcula que hay entre 3,5 y 8 millones de personas en situación de pobreza energética en España

«La pobreza energética es la situación en la que se encuentra un hogar en el que no pueden ser satisfechas las necesidades básicas de suministros de energía como consecuencia de un nivel de ingresos insuficiente y que, en su caso, puede verse agravada por disponer de una vivienda ineficiente en energía», apunta el documento oficial del Ministerio para la Transición Ecológica. Una situación en la que, según el Gobierno, están entre 3,5 y 8 millones de personas en España.

Sin embargo, la arquitecta critica que la definición de pobreza energética que otorgó el Gobierno es insuficiente: «Achacan la pobreza energética a los bajos ingresos de las familias y a la mala eficiencia energética de las viviendas. Quiero hacer hincapié en esto porque el Estado está omitiendo que el alto coste de la energía es también una de las causas principales de este problema».

El precio de la energía

Natalia Fabra, catedrática en la Universidad Carlos III de Madrid y especializada en economía de la energía y en mercados de la electricidad, apunta en conversación con Newtral que la pobreza energética «tiene relación con los altos precios de la energía».

«Estamos pagando más de lo que debemos. En el último año la factura eléctrica ha bajado un 6% y eso no quiere decir que las cosas estén bien. La realidad es que la central más cara —la de gas— sirve para marcar el precio de todas las centrales —como las nucleares, que son las más baratas—. Si el gas sube, la electricidad sube. Ahora mismo, la ciudadanía está pagando de más», añade Natalia Fabra.

«Estamos pagando más de lo que debemos», apunta la catedrática Natalia Fabra respecto a la factura eléctrica

«En Francia, por ejemplo, las centrales nucleares no son retribuidas según el precio del mercado eléctrico, sino según un precio que ha establecido el regulador. Esto es porque el regulador conoce los costes de las centrales nucleares, que son más bajos. Así que en lugar de pagarlos como se pagan los de una central de gas, los paga a un precio inferior», apunta la catedrática.

Por ello, Fabra defiende la «necesidad» del bono social —un descuento en la factura eléctrica para consumidores vulnerables—, pero considera que es una «medida parcial y puntual»:

«No es suficiente. Lo que hay que atajar es el precio de la electricidad en España. El mayor coste energético no solo afecta a los hogares, una situación que es muy grave, sino también a las empresas y sus procesos productivos. Al aumentar el precio de la energía, aumenta el coste de producción de bienes y servicios, de manera que también se encarece la ropa, la comida, el transporte… Esto también repercute en la pobreza de manera indirecta», reflexiona la catedrática especializada en economía de la energía.

Viviendas ineficientes

Otro de los principales problemas de la pobreza energética es el de cómo están construidas la mayor parte de las viviendas en España: «Para estar a gusto en casa hay que lograr unos niveles de confort. ¿Cómo se consigue? Con energía. Pero cuanto menos eficiente es la vivienda, más energía vas a tener que aportar. Y si la energía no la puedes pagar o es cara, te encuentras en una situación complicada», explica a Newtral la arquitecta Gloria Gómez, coautora junto a Carmen Sánchez-Guevara del «Estudio técnico sobre pobreza energética en la ciudad de Madrid» (diciembre de 2016).

«Se estima que en España hay 25 millones de viviendas, y entre el 70 y el 80% de ellas no serían eficientes energéticamente», señala Gómez.

«Hasta el año 80 no había normativa al respecto. En 2006 se aprueba el Código Técnico de la Edificación, que pone mucho énfasis en la eficiencia energética. El parque de viviendas más eficiente que conocemos es el que se ha construido hace apenas 10 o 15 años. Toda la construcción anterior, que es la mayoritaria, es correcta pero no tuvo en cuenta, por ejemplo, que los muros y ventanas tuviesen capacidad aislante», añade la arquitecta.

La vivienda de Salud, sus tres hijos y su marido en Sevilla | Foto: Save the Children/Lolo Vasco

Sin embargo, la ineficiencia energética es compleja e influyen diferentes factores. El grupo de investigadores del proyecto PENSA, liderado por la Agència de Salut Pública de Barcelona (ASPB), estudia la relación entre pobreza energética y salud. «La vivienda es mucho más que un espacio físico donde habitamos: proporciona estabilidad, autoestima y seguridad ontológica —sentimiento de confianza, capacidad de establecer proyectos vitales a largo plazo—», explican los integrantes del proyecto PENSA, que han respondido a las preguntas de Newtral de manera colectiva.

Así, estos investigadores señalan que la pobreza energética no debe contemplarse solo como la incapacidad de calentar o refrigerar una vivienda, sino que hay otros factores relevantes que pueden imposibilitar mantener el hogar a una temperatura adecuada: «La presencia de mohos y humedades, la cantidad de personas que habitan la vivienda o el estado de paredes, suelos y techos».

Celia vive en una casa sin calefacción y con ventanas que no aíslan del frío | Foto: Save the Children/Pablo Blázquez

La arquitecta Carmen Sánchez-Guevara opina que para paliar este problema la solución es la «rehabilitación integral de los edificios»: «Habría que incorporar aislamiento en fachadas y techos, cambiar ventanas y carpinterías…  También es necesario trabajar en el espacio urbano: incorporar vegetación en las calles, por ejemplo. Esto ayudaría a reducir las temperaturas urbanas que tienen un impacto directo en el consumo de los edificios, como ocurre en Madrid, que en verano tiene islas de calor».

Para ello, la arquitecta propone «financiación pública comprometida con la mejora de las condiciones de los hogares»: «Hay un estrato de la sociedad —de renta baja— que necesitará unas ayudas casi a fondo perdido para mejorar sus viviendas porque no podrán hacerlo de otra manera. Otro estrato poblacional, con más renta, necesitará incentivos: préstamos financiados con buenas condiciones para que lo hagan poco a poco». 

Peores condiciones de salud

Las personas mayores, los niños y las personas dependientes o con enfermedades crónicas son las más que más sufren los efectos de la pobreza energética en la salud.

Tal y como explican los investigadores del proyecto PENSA, la temperatura inadecuada en invierno se asocia a mayor desarrollo de enfermedades y a mayor mortalidad «por causas cardiovasculares —infarto agudo de miocardio o accidente cerebrovascular— y respiratorias —asma o EPOC—».

«En el caso de los niños, el riesgo de sufrir problemas respiratorios se puede duplicar. Las casas frías también aumentan el riesgo de infecciones o de enfermedades leves como los resfriados o la gripe, y pueden exacerbar enfermedades de base como la artritis y el reuma», añaden los investigadores de la Agència de Salut Pública de Barcelona.

¿Y en verano? «Hasta el momento no hay estudios específicos al respecto», señalan, pero las investigaciones al respecto del proyecto PENSA —sin resultados concluyentes aún— apuntan que «existe un gran solapamiento entre las personas que no pueden mantener el hogar a una temperatura adecuada durante los meses fríos y los meses cálidos».

«Con el aumento de la temperatura debido al cambio climático, las personas con pobreza energética tendrán más dificultades para protegerse de temperaturas extremas durante el verano. La exposición a estas temperaturas extremas se relaciona con la aparición o el empeoramiento de enfermedades cardiovasculares, respiratorias, gastrointestinales (sobre todo en niños), así como enfermedades renales y problemas de salud mental», añaden.

Las personas con pobreza energética tienen 3,7 veces más riesgo de sufrir depresión

Otros efectos sobre la salud guardarían relación con hábitos inseguros provocados por la pobreza energética: lesiones o accidentes producidos por no encender las luces cuando es necesario o llevar agua hirviendo de la cocina al baño para ducharse; o también el empobrecimiento de la dieta debido al dilema de asignación de recursos —pagar la luz o pagar la compra—.

La pobreza energética puede tener efectos directos sobre la salud mental tanto en verano como en invierno por «el estrés financiero de los hogares por no poder pagar facturas o por la deuda acumulada», señalan desde proyecto PENSA. Efectos como depresión, ansiedad y estrés.

Según un estudio realizado recientemente por este grupo de investigación de la Agència de Salut Pública de Barcelona, «en España, las personas que no pueden mantener el hogar a una temperatura adecuada durante los meses fríos tienen 2,3 veces más riesgo de sufrir depresión». «Y utilizando el indicador de retrasos en las facturas, las personas con pobreza energética tienen 3,7 veces más riesgo de sufrir depresión que las que no tienen pobreza energética».

Por ello, la arquitecta Sánchez-Guevara defiende «poner apellidos a la pobreza»: «En nuestro estudio, nosotras diferenciamos mucho entre los hogares que gastan gran parte de su renta en energía —porque posiblemente se están privando de otras cosas— y los hogares que no ponen calefacción y pasan mucho frío en la vivienda porque a lo mejor tienen que destinar sus ingresos en otras cosas. ¿Es pobreza en los dos casos? Sí. Pero las necesidades y las soluciones son diferentes».

Brecha de género en la pobreza energética

Las arquitectas Carmen Sánchez-Guevara y Gloria Gómez, además de realizar la radiografía de pobreza energética en Madrid, participan en el proyecto FEMENMAD —feminización de la pobreza energética en Madrid—.

«Es un estudio en desarrollo, pero ya tenemos algunos datos. Sabemos que en Madrid un 23% de los hogares están en riesgo de sufrir pobreza energética. Sabemos también que en Madrid, el 40% de los hogares tiene a una mujer sustentadora al frente. Si nos centramos en estos hogares con una mujer al frente, la tasa de riesgo de pobreza energética pasa del 23 al 28%. Y si son hogares ‘monomarentales’ —una mujer sola con hijos—, el porcentaje sube hasta el 41%. Y si es una mujer sola mayor de 65 años, sube hasta el 39%», explica Gómez.

Laura tiene 41 años y cría a su hija de 11 ella sola | Foto: Save the Children/Ferran Martí

¿Por qué hay una brecha de género asociada a la pobreza energética?  En primer lugar, por renta: «Las mujeres ganamos menos dinero cuando somos las sustentadoras principales del hogar», apunta Sánchez-Guevara.

«Pero, además, cuando es un hogar formado por un hombre y una mujer, la mujer tiende a ser la cuidadora y a pasar más tiempo en el hogar haciendo las tareas. Esto significa que las mujeres son las que están soportando más tiempo esas temperaturas inadecuadas en casa», añade la arquitecta.

En su estudio, las investigadoras también han detectado que en muchos casos «las mujeres cuidadoras no encienden la calefacción hasta que los niños llegan a casa», por lo que «son ellas las que se están privando de ese confort térmico que tendrá, a la larga, un impacto en su salud».

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