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La gula
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La gula

La gula, más que un pecado, se considera uno de nuestros fracasos como especie. Una estupidez a la altura de otros vicios destructivos como el consumo de alcohol y drogas o la ludopatía. La capacidad intelectual humana, sobrada de recursos para entender lo que nos conviene, se deja engañar por las excusas que uno mismo crea, cómplice de ciertos influjos publicitarios y sociales instaurados por las industrias venenosas.

Los animales que se ceban (voluntariamente) lo hacen siempre con un motivo biológico, es decir, por su bien. El colibrí, con un latido de 1200 pulsaciones por minuto, no podría sobrevivir sin consumir diariamente una cantidad de alimento mayor que su propia masa corporal. Algunos grandes felinos hacen el mayor acopio posible de energía cada vez que capturan una presa ante la incertidumbre de la próxima caza exitosa. Las aves migratorias acumulan principalmente grasa antes de sus grandes travesías. Pero los humanos nos vemos en ocasiones comiendo por encima de nuestras necesidades, con absoluto conocimiento de lo dañino de esta circunstancia, y buscando extender un placer que ya no encontraremos.

Porque cada bocado de la gula es una decepción. Estamos hechos para encontrar el máximo placer solo en situaciones de necesidad. Es un recurso adaptativo muy apropiado. La dopamina nos refuerza cada vez que le damos al cuerpo lo que necesita. Para el sediento, un vaso de agua produce un éxtasis que no es comparable a la sensación de quien bebe sin sed. Igual sucede con el placer sexual: no hay nada como el sexo del reencuentro o la reconciliación. La gula por el contrario aparece en terrenos de la saciedad, agarrada a nuestra debilidad, haciendo equilibrios entre la expectativa insatisfecha y la culpa.

Esta debilidad, representada en ciertos personajes literarios, produce un sentimiento de empatía ya sea porque nos redime o nos apena. Mi goloso preferido sería Ignatius Reilly, que en La conjura de los necios de John Kennedy Toole, una de las novelas más divertidas que recuerdo, lidia con los caprichos de su válvula estomacal además de con el resto de personajes disparatados y con sus propias contradicciones. También Pereira, el inolvidable periodista aficionado a la limonada y a la omelette a las finas hierbas (Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi), que te hará querer viajar a Lisboa.

En cambio, hay un libro que, más que representar la gula en sus personajes, despierta en el lector cierta salivación sospechosa. Como agua para chocolate, de la mexicana Laura Esquivel, es la preciosa historia de amor entre Tita y Pedro, la complicada condición familiar y sobre todo el collage de deseos irrefrenables que viajan de la olla a las almas de los protagonistas, desembocando en un éxtasis final mágico, tan sorprendente como maravilloso.

“Tita tuvo mucho cuidado de cebar a los guajolotes apropiadamente, pues le interesaba mucho quedar bien en la fiesta tan importante a celebrarse en el rancho: el bautizo de su sobrino, el primer hijo de Pedro y Rosaura. Este acontecimiento ameritaba una gran comida con mole. Para la ocasión se había mandado hacer una vajilla de barro especial con el nombre de Roberto, que así se llamaba el agraciado bebé, quien no paraba de recibir las atenciones y los regalos de familiares y amigos. En especial Tita, quien en contra de lo que se esperaba, sentía un inmenso cariño por este niño, olvidando por completo que era el resultado del matrimonio de su hermana con Pedro, el amor de su vida.”

                                                                                              Como agua para chocolate. Laura Esquivel

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