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El misterio constante de la muerte de Prim
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El misterio constante de la muerte de Prim

El catalán, autor de una restauración monárquica que no llegó a vivir, falleció en unas circunstancias tan poco claras que requirieron una autopsia… casi 150 años después de su muerte

6 de diciembre de 1814. Hoy se cumplen 205 años del nacimiento de Juan Prim i Prats, el General Prim, nacido en Reus y que ocupó cargos públicos como el de diputado en las Cortes Generales por Barcelona, Madrid y Tarragona, o Ministro de Guerra o el de Presidente del Consejo de Ministros. Ocupando ese cargo fue asesinado en Madrid. La causa de su muerte sigue generando controversia.

El día 27 de diciembre de 1870, Prim había asistido a la sesión del Congreso para votar los presupuestos de la Casa Real, pues se estaban atando los últimos cabos para la restauración monárquica en la figura del príncipe italiano Amadeo de Saboya, quien ocuparía la Corona de España y llegaría a Cartagena tres días después.

La versión oficial de lo acontecido esa tarde y los días posteriores relata que cuando salió del Congreso y se dirigía a su carruaje, que le llevaría a su residencia oficial, el entonces Palacio de Buenavista, fue visitado por el entonces ministro de Gobernación, Práxedes Mateo Sagasta, y el subsecretario de la Presidencia Herreros de Tejada. Ambos se bajaron del carro a los pocos instantes, comportamiento inusual en el procedimiento. Más tarde se montaron el ayudante personal del Presidente del Consejo, González Nandín (que se sentó en el lado derecho, donde regularmente se colocaba el propio Prim) y el General Moya (que se colocó en el ventanal del carruaje, frente a los otros pasajeros).

El ataque advertido por Moya

Con los tres pasajeros a bordo, la berlina partió hacia palacio. Pero cuando llegaba a la altura de la calle Alcalá, se detuvo, pues otros dos vehículos se le cruzaron por delante. Por si esto fuera poco, un tercer carro apareció por detrás, bloqueándoles el paso. Moya se percató de que varios hombres armados se acercaron al carruaje y dio la voz de alarma. Inútilmente, ya que nueve proyectiles de los trabucos alcanzaron al General Prim. Pero no lo mataron en el acto.

Después del ataque, el cochero arrancó despavorido y sacó a los heridos del lugar del incidente, subiéndose a la acera para rodear los coches que cortaban la calle. Cuando llegaron al Palacio de Buenavista, Moya sacó del carro a Prim y a su ayudante. Prim logró subir por sus propios medios a su domicilio.

Una vez se encontraba estable, los médicos procedieron a valorar los daños y aplicar las curas necesarias. Esto significaba amputarle la falange del anular derecho por los daños causados por uno de los proyectiles que había alcanzado dicha mano. En el hombro izquierdo los daños fueron mayores: ocho proyectiles habían impactado contra él y los médicos lograron extraerle todos después de una noche entera de trabajos.

Las “leves” heridas que le causaron la muerte

El Diario Oficial del Estado recoge que la noticia del ataque a Prim fue dada por el general Serrano como un informe que calificaba al Presidente como “levemente herido”, además de citar la extracción de un solo proyectil sin mayor complicación. Además, el 29 (dos días después) se comunica que el día 28 se le levantó el apósito y que Prim estaba mucho mejor de lo esperado, que no habían tenido lugar las complicaciones que suelen derivar de este tipo de heridas.

Una autopsia 140 años después

Sin embargo la noche anterior a Nochevieja, después de que Amadeo de Saboya llegase a España y fuese finalmente recibido por el almirante Topete en sustitución del herido Prim, se comunica la defunción de Prim, supuestamente a raíz de una fiebre producida por las heridas.

Este relato, plagado de elementos particularmente sospechosos, hizo que en 2012 se decidiera desenterrar el cadáver y, el día 29 de septiembre de dicho año, se trasladara al hospital de Sant Joan, en Reus, para realizarle una autopsia que esclareciera la historia de su muerte.

La autopsia reveló unos datos desconcertantes, como unas marcas en el cuello de 1 y 5 centímetros de grosor, compatibles con estrangulamiento a lazo. Se descartó que fueran ocasionadas por el cuello de la camisa con la que fue enterrado, ya que era de cuello flexible, teniendo como único elemento rígido unas costuras de 1 cm de grosor. Las pruebas realizadas en el Sant Joan revelaron también una herida en la espalda de la que el informe oficial no decía nada. María del Mar Robledo, coautora del libro Las muertes de Prim, declara la ausencia de evidencias de que se le produjera ninguna intervención quirúrgica. Y recordemos que el relato oficial declara que se le extrajeron ocho proyectiles del hombro pocos días antes de su defunción.

Nuevos hechos en el siglo XXI

La lesión que se le detectó en la espalda cuestiona gravemente la autopsia anterior, pues debió sangrar y en la ropa con la que el general sufrió el atentado no se encontraron indicios de sangre, por lo que se tuvo que producir a posteriori. Se atribuye a una lesión con arma blanca producida en el domicilio.

De hecho la propia Robledo afirmó que el cuerpo tenía indicios de no haber sido autopsiado anteriormente. En el informe oficial se menciona una lesión en el codo izquierdo de la que no hay síntomas. Dicho informe habla de una necroscopia o examen de tejidos, órganos o huesos que no tiene señal alguna.

Así pues, sobre los hechos que vivió el general Prim aquellos días de finales de septiembre, aún hoy permanecen los ingredientes propios de un misterio sin resolver

Fuentes:

Las dos muertes del general Prim, Clara Felis, El Mundo (31/07/2014)

La momia de Prim llega al hospital de Reus para su autopsia, Mercè Pérez Pons, El País (29/09/2012)

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