Tocar es una experiencia imprescindible para casi todo ser humano. Parece que solo le damos importancia en los momentos de intimidad. Lo ligamos al placer y al confort, pero tocar implica una química que está presente en toda nuestra vida cotidiana. Es comunicar y sentir, pero, a diferencia de lo que ocurre cuando el tacto se vuelve patológico, las caricias estaban poco estudiadas desde el punto de vista neuronal.
“La sensación de placer al tacto es muy importante en todos los mamíferos”, apunta desde Washington contundente el investigador Chen Zhou-Feng, director del Centro para el Estudio del Picor y los Trastornos Sensoriales. “Una forma importante de comunicarse con bebés es a través del tacto. Sostener la mano de una persona que muere es de una fuerza reconfortante muy poderosa”, explica.
Los animales se acicalan unos a otros. En humanos, “la terapia de masaje reduce el dolor y el estrés y puede brindar beneficios a los pacientes con trastornos psiquiátricos”. ¿Cómo es posible que aún no supiéramos con detalle qué circuitos neuronales y qué química hay implicada en el acto de tocar y sentir gusto?
Zhou-Feng decidió ver cómo se tocan los ratones entre sí para entenderlo. Y observar qué pasa en sus cerebros. Ahí se reveló parte de esa química: “Hemos identificado un neuropéptido clave y una vía neuronal cableada dedicada a esta sensación”. Sus resultados se han publicado en Science.
Del placer psicológico a la química que se desata al tocar
Al estudiar ratones, los científicos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington han identificado un circuito neuronal y un neuropéptido con el nombre PROK2. Se trata de un mensajero que transporta señales químicas entre las células nerviosas, que transmite la sensación conocida como tacto agradable de la piel al cerebro.
Abrazos, ir agarrado de la mano, darse caricias… son actos que desencadenan un impulso psicológico que se sabe que es importante para el bienestar emocional. Pero ahora, al identificar el neuropéptido y el circuito que dirige la sensación del tacto agradable, se da un paso para tratar mejor los trastornos caracterizados por la evitación del contacto.
En 2019, por ejemplo, se presentó un prototipo de piel artificial capaz de transmitir impulsos eléctricos del tacto hasta el cerebro. Eso permitió superar los inconvenientes de los dispositivos clásicos, llenos de cables y electrodos que, efectivamente, permitían ‘sentir’, pero difícilmente hacerlo placentero.
El equipo de Chen ha tratado de pasar de la parte ingeniera a la puramente química a la hora de tocar. Y lo ha hecho con roedores. Crió ratones sin un neuropéptido, llamado prokinecticina 2 (PROK2). Estos no podían sentir señales táctiles agradables, pero seguían reaccionando normalmente a la picazón y otros estímulos, al margen de tocar.
La pandemía que nos racionó la ‘PROK2’, la química del (con)tacto y el placer
La pandemia y su obligado distanciamiento físico se ha ligado a problemas que van de la simple sensación de que ‘nos faltaba algo’ a trastornos más serios. La cuestión es que no tocar parece alterar parte de nuestra química y nos vuelve peores no solo a humanos, sino también a otros mamíferos.
Los investigadores vieron que los ratones que carecían de una sensación táctil placentera desde el nacimiento tenían respuestas de estrés más severas y exhibieron un mayor comportamiento de evitación social que los ratones cuya respuesta táctil placentera se bloqueó en la edad adulta. Chen dijo que el hallazgo subraya la importancia del contacto en el desarrollo de la descendencia.
“Ahora que sabemos qué neuropéptido y qué receptor transmiten solo sensaciones táctiles placenteras, es posible mejorar las señales táctiles agradables sin interferir con otros circuitos”, apunta el investigador. “El tacto placentero estimula varias hormonas en el cerebro que son esenciales para interacciones sociales y salud mental”.
Entre otros hallazgos, el equipo descubrió que los ratones diseñados para carecer de PROK2 o el circuito neuronal de la médula que expresa su receptor (PROKR2) también evitaban actividades como acicalarse y mostraban signos de estrés que no se observan en ratones normales.
“A las madres les gusta lamer a sus cachorros, y los ratones adultos también se acicalan entre sí con frecuencia, por buenas razones, como ayudar a la vinculación emocional, el sueño y el alivio del estrés”, explica. “Pero estos ratones lo evitan. Incluso cuando sus compañeros de jaula intentan acicalarlos, se alejan. Tampoco acicalan a otros ratones. Están retraídos y aislados”.
Tocar por química, por afecto o como acto comunicativo
Los científicos suelen dividir el sentido del tacto en dos partes: tacto discriminativo y tacto afectivo. El toque discriminatorio permite que el que está siendo tocado detecte ese toque e identifique su ubicación y fuerza. Afectivo, placentero o aversivo, el tacto le otorga un valor emocional.
Estudiar el tacto placentero en las personas es fácil porque una persona puede decirle a un investigador cómo se siente cierto tipo de tacto. Los ratones no pueden hacer eso, por lo que el equipo de investigación tuvo que descubrir cómo lograr que los ratones se dejaran tocar.
Los ratones no acicalados desde su nacimiento son más esquivos y retraídos.
“Si un animal no te conoce, por lo general se aleja de cualquier tipo de contacto porque puede verlo como una amenaza”, apunta el también profesor de psiquiatría. Para hacer que los ratones cooperaran, y para saber si experimentaban que tocarlos era placentero, los investigadores mantuvieron a los ratones separados de sus compañeros de jaula durante un tiempo.
Después, los roedores estaban más dispuestos a ser acariciados con un cepillo suave, similar a las mascotas que son acicaladas. Después de varios días de cepillado, los ratones se colocaron en un ambiente con dos cámaras. En una cámara se cepillaron los animales. En la otra cámara, no hubo estímulo de ningún tipo.
Cuando se les dio a elegir, los ratones fueron a la cámara donde sabían que pasarían por los cepillos. Luego, el equipo comenzó a trabajar para identificar los neuropéptidos que se activaban con el cepillado placentero. Descubrieron que PROK2 en las neuronas sensoriales y PROKR2 en la médula espinal transmitían señales táctiles agradables al cerebro.
La química implicada al tocar con placer es distinta a la del picor o el escozor

En experimentos posteriores, descubrieron que el neuropéptido en el que se habían concentrado no estaba involucrado en la transmisión de otras señales sensoriales, como la picazón. Chen, cuyo laboratorio fue el primero en identificar una vía dedicada similar para la picazón, dijo que la sensación agradable al tacto se transmite a través de una red dedicada completamente diferente.
“Así como tenemos células y péptidos específicos para la picazón, ahora hemos identificado neuronas específicas para el tacto placentero y un péptido para transmitir esas señales”, concluye.