Cuando el ICE mató a tiros a Renee Good, la influencer cristiana Haley Williams publicó un post en Instagram que decía: “Formas sencillas de reducir mi riesgo de recibir un tiro del ICE”. ¿La primera de ellas? “Acunar a mi bebé”. Con tono irónico, Williams aseguraba que es muy difícil tener a tu bebé en brazos y sentir una rabia irracional —deslizando que Good era una mujer agresiva contra la que el ICE tuvo que defenderse—. Otros trucos, según la podcaster de extrema derecha, pasarían por estar felizmente casada, cocinar comidas sanas y nutritivas o, sencillamente, quedarse en casa. Williams no solo estaba deshumanizando a Good, sino que estaba retratándola como una madre agresiva e incontrolable.
Haley Williams es uno de los numerosos rostros de la llamada womanosfera: el reverso femenino de la manosfera, un ecosistema digital de extrema derecha en el que mujeres de gran influencia “no solo difunden mensajes, sino que llevan a cabo un reclutamiento astuto” de otras mujeres para su causa, como explica la investigadora Eviane Leidig. Aunque sus vídeos también contienen teorías de la conspiración o bulos como los que difunden influencers masculinos de la manosfera, su activismo está muy centrado en promover una maternidad tradicional.
Son las encargadas de hacer factible una “utopía de extrema derecha”, como la califica Leidig. Una en la que las madres están en casa y no en la calle protestando contra el ICE. Su activismo digital no navega solo, sino que sucede en un momento en el que el vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, clama que quiere más bebés en Estados Unidos en una manifestación antiaborto o en el que Trump se plantea recompensar económicamente a aquellas mujeres que tengan hijos.
El papel de estas influencers de la womanosfera también es “suavizar las propuestas políticas de la extrema derecha”, como explica el politólogo Alberto López. “En general sabemos que si pones a una mujer en un partido de extrema derecha, y esta además es madre, la gente piensa que no es un partido tan loco y tan radical. Cumplen la función de hacerles parecer más amables”, añade el investigador en la Universidad Libre de Ámsterdam.

De hecho, a pesar de los comentarios ofensivos que Donald Trump ha hecho sobre las mujeres, su movimiento MAGA (Make America Great Again) se sostiene en mujeres poderosas ocupando importantes puestos en su administración: Susie Wiles, jefa de Gabinete de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, secretaria de prensa de la Casa Blanca, Pam Bondi, fiscal general, Tulsi Gabbard, directora de Inteligencia Nacional, o Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional hasta hace apenas unas semanas.
Como apunta Eviane Leidig, investigadora en la Universidad de Tilburg y afiliada al Centro de Investigación sobre Extremismo en la Universidad de Oslo, en la utopía de extrema derecha los deberes reproductivos y domésticos pasan a ser esenciales para la fortaleza nacional. Ayudan, además, en la línea de lo que apuntaba Alberto López, a difuminar la línea entre el conservadurismo y la extrema derecha al “normalizar ideas supremacistas”, por ejemplo, sobre cómo debe ser una madre.
Qué es la womanosfera
Cuando Donald Trump ganó las elecciones en 2024, los rostros más conocidos de la manosfera, como Joe Rogan, Jordan Peterson o Sneako, celebraron su victoria. Porque si de algo se nutre el movimiento MAGA es de un voto masculino y antifeminista. Según esta publicación científica, creer y defender la masculinidad tradicional es el mayor predictor de voto a Donald Trump. Pero esto no es exclusivo de los hombres. También es un predictor entre las votantes mujeres.
Alberto López señala que “la proporción de votantes masculinos a Trump sigue siendo mayor que la proporción de votantes femeninos, pero se observa que el voto hacia la extrema derecha en Estados Unidos viene propulsado tanto por hombres como por mujeres”. Es decir, aunque en valores absolutos las mujeres todavía voten menos que los hombres al Partido Republicano liderado por Trump (46% frente a 55%), el crecimiento viene de ambos géneros.
Según Pew Research, el voto masculino a Trump creció en cinco puntos entre 2020 y 2024, y el femenino aumentó dos puntos en esos cuatro años.
Por eso, señala López, “hablar del voto femenino per se como dique de contención de la extrema derecha es falso”. “Parten de un punto más bajo, pero el voto femenino crece casi al mismo ritmo. Se ve en Estados Unidos pero también en Europa. En Italia, Francia, Alemania u Holanda, además, los partidos de extrema derecha están liderados por mujeres”.

La socióloga Elisa García Mingo considera que “el voto femenino sigue siendo motor de cambio”, pero también apunta al crecimiento del mismo en el terreno de la extrema derecha: “Creo que se ha consolidado el porcentaje de hombres que se alinean con el antifeminismo y la extrema derecha, que es un porcentaje amplio (en torno al 25%) pero que no parece que aumente significativamente. Es decir, no hay mucho donde rascar. Los partidos lo saben, por lo que para ampliar su base social, sabiendo que entre varones no parece que vayan a poder crecer mucho más, tienen que dirigirse a las mujeres”.
Pero los rostros más visibles de la womanosfera no son simples votantes de extrema derecha, sino activistas que operan, por lo general, al margen de la política de partidos o del conservadurismo institucional, como expone Eviane Leidig en su libro Las mujeres de la extrema derecha. Lo hacen a través “de organizaciones como Turning Point USA [cuyo cofundador es Charlie Kirk], PragerU y BlazeTV” y algunas de ellas, como apunta Leidig, militan en organizaciones supremacistas, como Brittany Sellner, Ayla Stewart o Lacey Lynn.
Otras influencers de la extrema derecha, sin embargo, se mueven en un espectro menos radical (al menos, aparentemente) al no estar vinculadas con este tipo de organizaciones, como ocurre con Railey Gaines, Brett Cooper, Alex Clark, Allie Beth Stuckey o Candace Owens.
Una de las principales características de las miembros de la womanosfera, además de su ideología, es que le dan a su discurso “un aura de ‘basado en evidencia’”, como recoge la investigadora Eviane Leidig, “partiendo de un ensamblaje de hechos, ficción, mentiras y noticias sacadas de contexto”, algo que también practican los influencers de la manosfera. “Esto les permite ganar credibilidad como figuras de autoridad”, añade Leidig.
Para Elisa García Mingo, las influencers de la womanosfera “hacen de mecanismo legitimador de las ideas de la manosfera”. “Diría, incluso, que se aceleran mutuamente, ya que divulgan ideas complementarias. Consideran que el feminismo ha ido demasiado lejos y que es una trampa para las propias mujeres, por lo que defienden que deben volver a su rol de cuidadoras”, añade.
No son tradwives al uso, en el sentido de que no hacen ver que su modo de vida es estrictamente el de una ama de casa, sino que consideran que como madres tienen un papel activo y relevante en “curar a esta sociedad culturalmente enferma”, como señala en este episodio Alex Clark, otra de las influencers de la womanosfera. Y ese papel pasa, primero, por restaurar la maternidad como forma de restaurar el orden. En palabras de la influencer Allie Beth Stuckey, su empleo como comentadora, escritora y podcaster es “una misión familiar [y cristiana]”.

La criminalización de las madres preocupadas por la justicia social
La misma narrativa usada por Haley Williams sobre Renee Good fue empleada por la también influencer de la womanosfera Allie Beth Stuckey, quien dedicó uno de los episodios de su videopodcast en Blaze TV a analizar el vínculo entre ser disparada por el ICE y un “instinto maternal mal encaminado” (misplaced mothering). Según su teoría, las mujeres tienen instinto maternal y son empáticas por naturaleza, pero cuando esa empatía es excesiva o no se dirige al cuidado de otros, acaba convirtiendose en “empatía tóxica” y “las madres acaban siendo radicalizadas”.
Usando la muerte de Renee Good como punto de partida, Stuckey lo formula así: “En lugar de volcar en tus hijos tu corazón, tu energía y tu naturaleza protectora y cuidadora, lo haces en mascotas, plantas, en política o en tu profesión”. Esto supone, según la influencer de extrema derecha, un “desorden interno que deriva en amargura e inestabilidad” y en “una pasión desmedida cuando se trata de causas de justicia social”.
Allie Beth Stuckey emplea el caso de Renee Good para ahondar en la narrativa de que Good abandonó a sus hijos para protestar contra el ICE: “El inmigrante ilegal se convierte en tu hijo, el pandillero se convierte en tu hijo, o ese hombre que cree estar atrapado en el cuerpo equivocado y solo quiere entrar al vestuario de las chicas se convierte en tu hijo. Estas causas se convierten en tus hijos”, apunta Stuckey.
Recordemos que un columnista de Fox News escribió, a raíz del asesinato de Renee Good, que había “madres organizadas pandilleras” que usan “tácticas antifa” para impedir la actividad del ICE. Y el vicepresidente J. D. Vance calificó a Good de “izquierdista perturbada” (deranged leftist).
Por ello, Allie Beth Stuckey insiste en que estas mujeres están insatisfechas por no tener bien dirigido su instinto maternal y acaban convirtiéndose en madres radicales y violentas, con una furia que las pone en peligro hasta el punto de enfrentarse a agentes de la ley y ser tiroteadas por ello.
El estereotipo de las wine mums o la retórica de que la modernidad hace infelices a las mujeres
“Me encanta mi trabajo, pero nada es comparable con el hecho de ser madre”, dijo recientemente Karoline Leavitt, secretaria de Prensa de la Casa Blanca. Leavitt estaba así justificándose ante un público, el republicano trumpista, que no ve con buenos ojos que las mujeres consideren prioritarias sus carreras laborales. Gran parte del discurso de influencers de la womanosfera como Alex Clark, Allie Beth Stuckey, Brett Cooper o Riley Gaines se sustenta en la idea de que tu carrera siempre va a estar ahí y puedes volver, pero tus hijos solo serán pequeños una vez.
Aprovechan el malestar generalizado que provoca la dificultad para conciliar para demonizar el trabajo fuera de casa. Brett Cooper, en su canal The Brett Cooper Show, dedica un episodio a arremeter contra la modernidad —que ella resume en vivir en una gran ciudad y tener un empleo— como causa de la desafección de las madres e incluso de que algunas se arrepientan de haber tenido hijos. En su cosmovisión no tiene cabida la idea de que una mujer pueda arrepentirse de ser madre porque serlo está en su naturaleza, pero además considera que toda solución pasaría por vivir en una especie de comuna rural donde puedan dedicarse íntegramente al cuidado de los hijos.
Siguiendo esta retórica, las influencers de la womanosfera trazan una línea que conecta el trabajo fuera de casa a jornada completa con ser una madre alcohólica o que toma antidepresivos, como dice Stuckey en su episodio sobre Renee Good. Así surge el concepto de las wine mums —madres que se dan al vino—, “un símbolo cultural de la madre suburbana contemporánea que recurre a una copa de vino (o dos) todas las noches para lidiar con el estrés de la vida diaria”, explica en este artículo académico la investigadora Darryn DiFrancesco.
Estas wine mums “serían las culpables de la violencia en las manifestaciones relacionadas con el ICE en Minneapolis y en todo el país”, apunta DiFrancesco. Es decir, la modernidad, que incluye la popularización del feminismo, lleva a las madres a anteponer sus carreras y a vivir en grandes núcleos urbanos. Esta situación acaba por producir infelicidad en sus vidas, y esa insatisfacción las conduce a consumir sustancias tóxicas (alcohol o fármacos) y a llenarse de rabia. Una ira que, finalmente, descargan contra los agentes de la ley.

Esta narrativa, apunta la investigadora de la Universidad del Norte de Columbia Británica, se inserta en la ecuación irresoluble de la culpa materna: “Las madres corren el riesgo de ser tildadas de ‘demasiado pasivas’ si no abogan por sus hijos o de ‘demasiado agresivas’ cuando lo hacen”. Como expone DiFrancesco, si un niño es abusado por algún miembro familiar se la culpará de no haber hecho lo suficiente, pero si esa misma madre lucha por una custodia completa para protegerlo de un progenitor maltratador será tildada de histérica, loca o rompedora de hogares.
Las madres son, en última instancia, responsables de la decadencia humana o de lo contrario: pueden ser salvadoras o corrompedoras. Son una fábrica de moral. Así lo expone DiFrancesco al recoger este paper sobre tiroteos masivos en Estados Unidos que analiza cómo la sociedad culpa a las madres por las acciones de sus hijos. Por ello, las madres como Renee Good, prosigue la investigadora, son “criminalizadas”, pues de alguna manera, al desafiar el rol tradicional de la madre están desafiando el stablishment en sí, avivando de esta forma los temores políticos de la extrema derecha.
Los mensajes de estas popes de la womanosfera ensalzan la entrega maternal a los hijos para su bienestar y protección mientras recuerdan que se le debe obediencia al marido o, al menos, que sea el principal líder del hogar.
Así lo muestra Alex Clark en su canal Culture Apothecary, que se emite bajo el paraguas de la organización Turning Point USA, cofundada por Charlie Kirk. Clark, que acuñó el término cuteservative para definirse a sí misma y a sus seguidoras —un juego de palabras entre cute, que significa mona o adorable, y conservative, que significa conservadora—, es uno de los rostros más conocidos de la esfera de la extrema derecha femenina digital. Uno de sus últimos vídeos es una guía para esposas en la que habla de “cómo regañar menos y dejar que él mande”. En el episodio, al que se suma Tilly Dillehay, esposa de un pastor evangélico, Clark se pregunta cómo seguir siendo sumisa cuando tu marido se porta mal o cómo animarlo a liderar sin perder tu voz.
Los hijos como idea de nación: así sirven las mujeres al proyecto de utopía de extrema derecha
En 1933, ante un público eminentemente femenino, el propagandista nazi Joseph Goebbels se deshizo en halagos hacia las madres al conferirles el “deber más glorioso”: continuar la línea generacional y con ella garantizar la inmortalidad de la nación.
De forma similar, la misión de estas influencers de la womanosfera, en palabras de Stuckey, es solucionar la inestabilidad nacional procurando estabilidad en el hogar. Si madres perturbadas como Renee Good pueden deteriorar el tejido moral de una sociedad, madres como ellas pueden restaurarlo.
Pero aunque aparentemente muestren preocupación por la infancia y quieran ser garantes de su bienestar, la realidad, como explica el investigador Alberto López, es que “su proyecto de nación es eminentemente cristiano y nativista”. “Lo que les preocupa es que desaparezca la familia blanca y cristiana, que se persiga a familias latinas o musulmanas, niños incluidos, es un éxito de su agenda”, añade.
Así se entienden las declaraciones de Riley Gaines, otra de las influencers de la womanosfera, sobre la detención del pequeño Liam Ramos. En uno de los episodios de su podcast, The Riley Gaines Show, la nadadora —una de las mayores activistas contra los derechos de las mujeres trans en el ámbito deportivo— daba las gracias a los agentes del ICE “por no abandonar a ese niño de cinco años como hizo su padre”, a pesar de que, como explica aquí el Guardian, varios testigos aseguraron que el ICE usó a Liam como cebo para atraer a otros familiares fuera de la casa y arrestarlos también.
Gaines pidió a su audiencia que no sintiera lástima por Liam Ramos o Renee Good: “No permitáis que la compasión, o lo que creéis que es compasión, os nuble la vista u os impida pensar de forma crítica”.
En el mismo sentido se pronunció Allie Beth Stuckey al publicar en su cuenta de X que muchas mujeres cristianas estaban siendo “completamente engañadas por la propaganda anti ICE”. “Se han creído por completo eso de que ‘el ICE arrestó a un niño de cinco años’. Es desmoralizador”, añadía.