Por primera vez en más de medio siglo, cuatro astronautas se preparan para abandonar la influencia terrestre y circunnavegar la Luna. No van a pisarla, pero la misión Artemis II, cuyo lanzamiento está previsto para el 1 de abril, marca el regreso de la humanidad al espacio profundo después de que en 1972 la tripulación del Apolo 17 dejara las últimas huellas sobre el regolito lunar. El viaje llega, además, unos días después de que la NASA anunciara la construcción de una base lunar permanente en un horizonte de siete años. Esta vez no se trata de ir a la Luna sino de quedarse. Atrás quedó el pulso de la Guerra Fría con sus míticas misiones Apolo. Ahora, la conquista de la Luna tiene que ver con sus recursos y el trampolín a Marte. Pero es peligroso. Como señala el investigador Valen Gómez Jáuregui, de la Universidad de Cantabria, la misión Artemis II “se alza como el salto más arriesgado y fascinante de nuestra generación”.
La nave Orión, impulsada por el cohete SLS (el más potente jamás construido por la NASA), partirá con cuatro tripulantes a bordo: el comandante Reid Wiseman, el piloto Victor Glover, la especialista de misión Christina Koch y el astronauta canadiense Jeremy Hansen. Glover se convertirá en el primer afroamericano en una misión lunar y Koch en la primera mujer en escapar del campo gravitatorio terrestre. Desafortunadamente, esta idea de diversidad puede ser un espejismo. Trump ha hecho retirar toda referencia a una futura astronauta pisando la Luna por primera vez de la documentación pública de la agencia.
Pueden morir, y lo saben. Según un informe de la NASA, la probabilidad umbral máximo de perder a la tripulación en el viaje de ida es de 1 entre 40 (1 de 30 en operaciones lunares). O sea, que si repitieran el viaje 40 veces, seguramente morirían en alguno. Pero hay muchos matices en esta cifra que, una vez más, habla de umbrales máximos de riesgo más que de opciones de morir. Lo que es cierto es que en caso de ocurrir una emergencia catastrófica (en el espacio o en la superficie lunar), la NASA no tendría la capacidad de rescatar a la tripulación.
A diferencia del Apolo 8 (la misión con la que más se la puede comparar, según García Llama), Artemis II no orbitará la Luna varias veces; la circunnavegará una sola vez, pasando por su cara oculta a poco más de 7.000 kilómetros de la superficie. Será “un momento bastante espectacular, porque por primera vez desde hace más de 50 años seres humanos podrán ver con sus propios ojos esa parte de la Luna desde una distancia tan cercana”, explica el ingeniero, que lo vivirá desde el Control de Misión, en Houston.
Para llegar hasta allí, todo empieza con el cohete más grande del mundo (con permiso de Elon Musk y su no operativo Super Heavy de SpaceX). El SLS no es nuevo. Recicla buena parte de la tecnología del programa del transbordador (1981-2011), después de que se cancelara el proyecto Constelación, promovido por George W. Bush. El SLS ha dado algunos problemas de fugas del combustible de hidrógeno líquido, lo que ha obligado a aplazamientos y revisiones muy eshaustivas.
Los cuatro astronautas se alejarán más de 400.000 kilómetros de la Tierra, una distancia en la que, como señala Gómez Jáuregui, cabrían alineados todos los planetas del sistema solar y aún sobraría espacio.
La misión no es un paseo simbólico. “Estamos en una carrera de relevos. Sólo tenemos éxito si las siguientes misiones también lo tienen”, ha advertido la astronauta de la misión, Christina Koch, antes de partir. La Orión deberá validar los sistemas de soporte vital con tripulación real, probar las comunicaciones en espacio profundo y ensayar maniobras de aproximación con la etapa superior del cohete que servirán para diseñar los futuros atraques con módulos lunares. Reid Wiseman lo resume con franqueza: “Somos humanos tratando de cargar miles kilos de propulsión en una máquina gigante y enviarla a la Luna”. Cada sistema será testado en condiciones reales. Será, en palabras de Glover, una misión donde el objetivo esencial es “no arruinarla”, porque de su éxito depende que Artemis IV logre alunizar en 2028 y dejar que sus pies (seguramente los de Koch, sí) dejen huella en el regolito lunar.
García Llama (NASA), nuestro ingeniero en Houston: “Momentos críticos pueden suceder incluso en los más anodinos de la misión”
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Así será la misión Artemis II, minuto a minuto
El lanzamiento está previsto para las 00:26 (CEST, o sea, la hora de la España peninsular y Baleares). Pero a lo largo de una ventana de dos horas, puede atrasarse, según las condiciones meteorológicas.
El vuelo durará unos diez días y trazará una trayectoria en forma de ocho alrededor de la Luna. Tendrá una ruta de retorno libre, de modo que será la gravedad lunar la que permita volver a la Tierra “casi gratis”, según la NASA, sin gasto de combustible.
Eduardo García Llama, que volverá a estar en el centro de control de Houston y ahora será uno de los ingenieros al que acudirán si sucede algo inesperado, cree que esta misión se parece en parte a la Apolo 8. Aquí habrá un momento con “un profundo significado humano, cuando se autoriza esa inyección translunar. En ese punto lo que realmente se les está diciendo a los astronautas es que están autorizados a abandonar su mundo, dirigidos a otro que no es el suyo”. Ocurrirá 23 horas después del lanzamiento. No será un pie en la Luna, pero sí la primera vez en 54 años en que habrá un grupo de representantes de nuestra especie fuera de la Tierra, porque la Estación Espacial, aun en órbita, es parte de nuestro planeta.
La tripulación se pone los trajes espaciales y viaja a la plataforma 39B. Carga de combustible y comprobaciones finales.
Arranca el encendido por quema de hidrógeno.
Encendido de los cuatro motores RS-25, los cables de servicio se retraen y la nave Orión comienza su ascenso.
Se liberan los propulsores sólidos del cohete; la etapa central continúa impulsando a Orión.
Se expulsan los carenados protectores del módulo de servicio, exponiendo los paneles solares.
Es eyectado el sistema de escape durante el lanzamiento.
Se apagan los motores de la etapa central y se despliegan los paneles solares de la nave espacial.
Tras orbitar la Tierra, la etapa superior se enciende para elevar a Orión a una órbita terrestre alta.
Orión efectúa el encendido de inyección translunar, colocándose en una trayectoria hacia la Luna de cuatro días de duración. Orión abandona nuestro mundo terrestre.
Tras volar a unos 7.000 km de la superficie de la cara oculta, Orión regresa en trayectoria de retorno libre. El módulo se separa y reingresa a 40.000 km/h, poniéndose a 2.760°C.
Se despliegan los paracaídas y Orión ameriza en el océano Pacífico para ser recuperada por los equipos.
Houston: tendremos un problema… y lo resolveremos
Ir a la Luna sigue siendo peligroso. “Lo que demuestra dónde estamos ahora es que ir a la Luna es difícil; se hizo hace 50 años, pero sigue siendo algo muy costoso y, con humanos, peligroso”, resume la subdirectora del IAC Eva Villaver. Los astronautas deberán atravesar los cinturones de Van Allen, una región de intensa radiación, y afrontar diez días de viaje sin posibilidad de un retorno rápido a la Tierra. La reentrada en la atmósfera someterá a la cápsula a temperaturas y presiones extremas. Y luego están los imprevistos: García Llama recuerda que los momentos críticos “pueden suceder en cualquier instante, incluso en los más anodinos de la misión”.
Momentos críticos de la misión. La separación de la nave Orión de la última etapa del lanzador. Las maniobras manuales del piloto. La inyección translunar, el momento en que se sale de la influencia terrestre, punto de no retorno hacia la Luna. Los encendidos de corrección de trayectoria. La reentrada en la atmósfera terrestre (el escudo de la cápsula se pone a 2.800ºC. Partes se desprendieron en la Artemis I).
Su equipo, en la Sala de Evaluación de la Misión en el Centro de Control de Houston, está entrenado precisamente para eso. “Es una profesión muy metódica, muy analítica, en la que hay gente que se está jugando la vida y se tienen que tomar decisiones importantes”, describe. Aunque también tiene un componente intuitivo. García-Llama detectó por el rabillo del ojo una alerta del software en el control de la misión Artemis I, en 2022.
Aunque el defecto no habría supuesto un peligro directo para una tripulación, fue investigado a fondo: “Trabajamos con estándares de excelencia muy altos, por los que cualquier anomalía, cualquier cosa que no se alinee con lo que esperábamos, se investiga en profundidad”. Es esa meticulosidad la que explica los sucesivos aplazamientos del lanzamiento de Artemis II, retrasado varias veces desde su fecha original.
El divulgador espacial Josep Calatayud pone ese rigor en perspectiva histórica. Recuerda que en la época del transbordador espacial “se hicieron muchas cosas mal, se trabajaba con mucha prisa y con mucha presión sobre los ingenieros”. La catástrofe del Challenger, hace ya 40 años, es un ejemplo de ello. “Hoy en día eso no pasaría”, asegura Calatayud, “porque la NASA dedica muchísimo tiempo, muchísimo dinero a probar absolutamente todos los componentes, y no se marcan nunca plazos que no puedan cumplir”. La cuenta atrás de Artemis II es, en sí misma, un ejercicio de casi 50 horas de pruebas continuas.
Eva Villaver (IAC): “La Luna no es de toda la humanidad. No podemos dejar que quede en manos de unos pocos“
Trump se pide la Luna. China, también
La nueva carrera espacial no es un calco de la Guerra Fría, pero tiene su propia carga geopolítica. El 24 de marzo, apenas una semana antes del lanzamiento de Artemis II, el administrador de la NASA Jared Isaacman presentó el plan Ignition con un mensaje que dejaba poco margen a la ambigüedad: “El tiempo corre en esta competencia entre grandes potencias, y el éxito o el fracaso se medirá en meses, no en años”. El presidente Trump ya había firmado una orden ejecutiva que encarga a la NASA construir un puesto avanzado lunar permanente para 2030.
El proyecto ha supuesto dejar atrás la idea de construir la estación orbital Gateway y redirigir los 20.000 millones de dólares hacia una base directamente en la superficie. Eva Villaver observa un cambio de paradigma respecto a las misiones Apolo: “En la Guerra Fría se intentaba llegar los primeros. Ahora lo que se intenta es quedarse”.
Pero enfrente está la metódica China, que avanza con una hoja de ruta cada vez más competitiva. Su agencia espacial CNSA también prevé poner taikonautas en la superficie lunar antes de que acabe la década. Pero la prioridad de Pekín sí está en órbita. Construir junto a Rusia la Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS) en el polo sur, una región que ambas potencias codician por sus depósitos de hielo de agua, cruciales para producir oxígeno y combustible sin depender de la Tierra. Y con ello, ir más fácilmente a Marte.
El astrobiólogo César Menor-Salván (Universidad de Alcalá de Henares y GeorgiaTech) ve a China muy capaz de centrarse en la minería lunar. Sin embargo, él ve el verdadero premio científico más allá del regolito: en Marte y en la búsqueda de vida extraterrestre. Gracias a misiones como OSIRIS-REx, que trajo muestras del asteroide Bennu, sabemos que los componentes básicos de la vida son universales. La Luna, en este sentido, es el trampolín. Hay otra carrera espacial por ser la primera potencia en descubrir vida extraterrestre.
La carrera privada por la Luna
Mientras tanto, la competencia también se libra entre actores privados. SpaceX (Elon Musk) y Blue Origin (Jeff Bezos) pugnan por construir el módulo de alunizaje que permitirá a los astronautas descender a la superficie en las próximas misiones Artemis. Como apunta Calatayud, “la NASA está empezando a cambiar su orientación” y ya ha abierto el contrato inicial de SpaceX para incluir a otros competidores —léase Blue Origin, la empresa de Jeff Bezos—. La Luna, que durante décadas fue territorio de las agencias estatales, se ha convertido en un campo de batalla comercial entre los dos hombres más ricos del planeta.
Villaver advierte de lo que no debería perderse en esta pugna: “La Luna es un bien de todos, un territorio de la humanidad, y no podemos dejar que acabe en manos de unos pocos”. Los tratados internacionales dicen que la Luna no es de nadie. Pero quien primero ponga el pie (y la base) “tendrá una ventaja” difícil de revertir.
Un trocito de Tres Cantos en la Luna
Si Artemis II es un hito simbólico para la humanidad, aún más lo es para la ingeniería. Con guiños a la tecnología de las misiones Apolo de los sesenta y setenta, García Llama destaca el salto en cuanto a capacidad de cómputo. “No sólo en la nave, sino en Tierra. Hoy yo puedo hacer (correr) decenas de simulaciones desde mi ordenador”. Antes, sólo una exigía acudir al centro de cómputo de la NASA y esperar.
Pero Artemis II también es un ejemplo de colaboración tecnológica internacional. España, por primera vez, juega un papel clave en una misión tripulada. En la sede de Tres Cantos de CRISA (Airbus) se ha desarrollado la unidad que asegurará la vida de los cuatro astronautas al inyectar agua y aire al módulo.
Sólo en la reentrada de la Orión en la Tierra, el escudo térmico puede alcanzar temperaturas superiores a los 2.500ºC. En la Luna, se puede pasar de los -200ºC a los más de 100ºC. Sus cuerpos, ni se enterarán de eso. Ha sido la primera vez que la NASA ha confiado a una empresa no estadounidense la construcción de uno de los elementos críticos en una misión tripulada. El Módulo de Servicio Europeo, con los sistemas de soporte vital para mantener su seguridad y su salud, además de energía y propulsión.
Una de las partes más importantes de ese módulo es la Unidad de Control Térmico desarrollada en España. Comandan las bombas que inyectan aire y agua en el módulo tripulado a partir de los datos que recopilan unos 230 sensores.
Además, la empresa española Integrasys ha sido seleccionada por la NASA para monitorizar la misión Artemis II, y participará con su propia tecnología y una antena de 2,4 metros de diámetro que se ha instalado en el tejado de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería de Telecomunicaciones de la Universidad de Sevilla.