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Del COI a las ‘transvestigations’: así se siembra la sospecha sobre el cuerpo de las mujeres

Collage: Newtral
Tiempo de lectura: 8 min

Con la reciente decisión del Comité Olímpico Internacional (COI) de recuperar las pruebas femeninas de verificación de sexo 30 años después de haberlas desechado, el mayor organismo mundial deportivo emite el mensaje de que cualquier mujer podría, en realidad, no ser una mujer. A partir de ahora, las deportistas de élite que quieran competir a nivel mundial en la categoría femenina deberán someterse a un test que evidencie que no son, en palabras del COI, “hombres biológicos”.  

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La prueba consiste en una detección del gen SRY que, según el COI, sería el responsable del desarrollo típicamente masculino. Solo si la prueba da negativo, el comité considerará que la deportista en cuestión es una “mujer biológica”. En la práctica quedarán excluidas de la categoría femenina las mujeres trans y muchas mujeres intersex. Por ejemplo, la boxeadora Imane Khelif pasa a ser excluida de la categoría mujer simplemente por ser poseedora de dicho gen.

No es casual que Khelif fuese una de las muchas mujeres que han sufrido lo que en el ecosistema digital de extrema derecha se conoce como transvestigations. Algo así como “investigaciones” para averiguar si una persona, casi siempre una mujer, es trans. Una herramienta, como la califica la organización LGTBIQ+ Glaad, de odio y desinformación que emplea la transfobia como puerta de entrada para avanzar en el repliegue general de derechos. 

Y es que las transvestigations se basan en pseudociencias como la frenología para establecer cómo debe lucir una mujer. Es decir, que el punto de partida es algún detalle de la “investigada” en cuestión, que pondría en alerta a la comunidad sobre su «verdadera» identidad. Como apunta la socióloga Joan Donovan, experta en desinformación, es una teoría que parte de la idea de que ser una mujer trans es una trampa, un engaño, un vergonzoso secreto. A menudo, estos detalles que, según la comunidad conspirativa podrían ser indicativos de una masculinidad ocultada, tienen que ver con el racismo. 

Como explica Lexie Webster, profesora de Cultura Digital en la Universidad de Southampton, las transvestigations afectarían en mayor medida “a mujeres que no son blancas porque estarían transgrediendo los estándares de belleza que están marcados por la blanquitud y sus atributos asociados”. Así, apunta Webster, quienes transgreden ciertos estándares sobre cómo debe medir una mujer, cuánto debe pesar, cómo deben ser de grandes o pequeñas sus manos o cómo de marcada debe estar su mandíbula y su nuez “se vuelven susceptibles de la burla y la hipervigilancia”.

Las pruebas de verificación de sexo en el deporte también han afectado principalmente a mujeres racializadas, como expone este paper, que señala que “estos reglamentos se basan en evaluaciones subjetivas de mujeres consideradas insuficientemente femeninas que se han aplicado casi exclusivamente contra mujeres negras de África”. No es casual que algunas de las principales deportistas que han estado bajo el escrutinio deportivo sean mujeres no blancas: Caster Semenya, Imane Khelif, Dutee Chand o Ling Yu Ting. 

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Como explica el jurista especializado en derechos LGTBIQ+ Curro Peña Díaz, consultor de investigación en ILGA World, “este tipo de controles deportivos, aparentemente neutrales, comienzan afectando sobre todo a aquellas mujeres cuya fisonomía no es normativamente femenina, y eso implica alejarse del ideal de feminidad blanco”. 

Transvestigations: la teoría del reemplazo trans y cómo ha llegado al mainstream

Como explica este artículo de Teen Vogue, las “tranvestigations” comenzaron siendo una teoría de la conspiración dentro de pequeñas comunidades de internet. Afines a otras teorías de la conspiración como que la Tierra es plana, estas comunidades digitales aseguraban que hay una élite de celebridades y figuras públicas que quieren dominar el mundo y utilizan la condición trans para infiltrarse en puestos de poder en un momento en el que, según los transvestigators, la diversidad está de moda. Según estos usuarios, hay una especie de “epidemia trans” que tiene como objetivo el reemplazo de la población que ellos consideran “natural” por población trans. Una teoría similar a la conspiranoia antisemita del Plan Kalergi, según la cual una supuesta élite judía quiere hacerse con el poder mundial.

Aunque esta teoría de la conspiración permanece en estas comunidades del submundo de internet vinculado a la extrema derecha, las narrativas de las transvestigations han calado en el mainstream. No en vano, la escritora J. K. Rowling fue una de las primeras en alentar una tranvestigation sobre Imane Khelif cuando tuiteó una foto de la boxeadora calificándola de hombre y relacionándola con un “movimiento por los derechos de los hombres”. Sembraba así la duda sobre la identidad de género de Khelif simplemente por su aspecto físico, considerando que no se ajusta a la normatividad femenina exigible a cualquier mujer. 

Y es precisamente este el punto de partida de los transvestigators, como señala la socióloga Joan Donovan. Estas “investigaciones digitales” involucran a los miembros de una comunidad porque animan a los usuarios “a buscar pistas y traerlas de vuelta al grupo para discutirlas”. Y estas pistas siempre parten de un cuestionamiento físico.

El escrutinio corporal acaba afectando a todas las mujeres, no solo a aquellas no normativas

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Las primeras transvestigations más populares comenzaron cuestionando a deportistas como Serena Williams e Imane Khelif: mujeres no blancas que no cumplen estrictamente con los estándares aspiracionales de feminidad blanca, dócil y frágil. Pero después se centraron en figuras públicas vinculadas con la política: Michelle Obama, Brigitte Macron y Begoña Gómez. También con Jacinta Ardern y Kamala Harris.

Pero esta estrategia ha acabado por afectar a mujeres que, a priori, sí cumplen con dichos estándares femeninos y que tampoco están vinculadas con la élite política y el poder. Por ejemplo, Madonna, Taylor Swift o Beyoncé. Incluso ha puesto en la diana a mujeres que son encumbradas por el conservadurismo, como Sidney Sweeney, o directamente son activistas de extrema derecha, como Erika Kirk.

Para la investigadora Lexi Webster es una manera de expandir el pánico moral: “Es una forma de hacer ver que si incluso las personas trans se han infiltrado entre los suyos, entre la gente de extrema derecha, es que nadie está a salvo”. A la vez, explica Webster, tiene como objetivo regular los cuerpos femeninos sentando las bases de lo que se considera “deseable”, además de instrumentalizar precisamente el estigma de la transfobia: “Juega con el miedo que conlleva ser perceptiblemente trans o no ser suficientemente femenina”. 

Del mismo modo, diferentes organismos deportivos comenzaron a realizar pruebas de verificación de sexo a aquellas deportistas sobre las que había una sospecha inicial de que no eran realmente mujeres por alguna cuestión concreta de su aspecto físico. Sin embargo, esta sospecha ha acabado por convertirse en una normativa de carácter internacional, a través del COI, aplicable a cualquier mujer. Es por eso que Lexi Webster considera que tanto la decisión del COI como las transvestigations buscan “poner a las mujeres en su lugar”, utilizando la regulación corporal como forma de obediencia.

“La amenaza misma de una vigilancia invasiva y violenta contra nuestros cuerpos es, exactamente, el objetivo final: es decir, que debemos cumplir con estándares arbitrarios de feminidad ‘verdadera’ para demostrar nuestra valía como mujeres. La duda, el miedo y el uso de la vigilancia como arma son, precisamente, el objetivo”, concluye la investigadora.

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La idea de “sexo biológico”: de Reino a EEUU, pasando por el COI y el ecosistema digital

La explosión de transvestigations, poniendo en el foco incluso a mujeres contrarias a los derechos trans como Erica Kirk, y la decisión del COI de realizar pruebas de verificación de sexo a mujeres deportistas no son cuestiones que sucedan por casualidad, sino que llegan justo cuando el Tribunal Supremo del Reino Unido acaba de dictaminar una sentencia sobre el “sexo biológico” que deja sin amparo legal al colectivo trans y justo después de las órdenes firmadas por Donald Trump para restar derecho a las personas trans basadas también en la “verdad biológica”. 

Por ello, el jurista y asesor Curro Peña Díaz explica que “nunca se trató solo del deporte de élite, aunque una parte de las leyes o decisiones institucionales tránsfugas se hayan amparado en preservar la igualdad y la seguridad de las mujeres en el deporte”. “El movimiento antigénero, que considera que solo existe la ‘verdad biológica’ y patologiza la existencia de las personas trans, llega parta romper con los consensos que había respecto a la necesidad de seguir avanzando en diversidad”.

Para Peña Díaz, centrando la atención en atletas trans e intersex, el movimiento antigénero, vinculado a la extrema derecha pero también a las llamadas feministas radicales, ha logrado meter sembrar la idea de que la diversidad no es necesaria o está llegando demasiado lejos hasta el punto de poner en peligro a las mujeres ‘de verdad’: “Al cuestionar la diversidad en el deporte han abierto una puerta al cuestionamiento de otros valores progresistas, impulsando así ideas reaccionarias en general”, concluye.

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