¿Desde cuándo y por qué matamos? Nohemi Sala (CENIEH) reconoce que la paleontología no tiene la respuesta. Pero intuye una tan sencilla como estremecedora: “Seguramente, porque podemos“. Por supuesto que hay motivos que hunden sus raíces en la evolución. Los animales sociales matan. Por los recursos, el territorio o el apareamiento. Lo hacen de manera, a veces, cruel. Pero sólo unos pocos hacen algo parecido a asesinar, algo profundamente humano. Tan humano como la alternativa: no matar. Negociar.
Sala investiga en Atapuerca el asesinato más antiguo documentado (que no resuelto) de la historia: fue hace unos 430.000 años. Pero también las primeras evidencias de compasión hacia los más vulnerables. “Nos fascinan porque son historias muy antiguas, que están hablando de nosotros mismos“, dice.
La historia que más la ha marcado es la del Cráneo 17, un individuo joven de la especie Homo heidelbergensis (un neandertal muy antiguo) hallado en la sima de los Huesos de Atapuerca. Este cráneo, reconstruido a partir de 52 fragmentos recuperados entre 1990 y 2010, presentaba dos perforaciones idénticas justo encima del ojo izquierdo.
“Cuando mi compañera Ana [Gracia-Tellez (UAH)] puso en su ordenador la superposición de los contornos, vimos que eran exactamente iguales”, recuerda Sala. “Eso fue muy impactante. Porque la parte objetiva nos estaba diciendo que eran lesiones idénticas”. Y eso no es accidental. “Nadie se golpea accidentalmente y se atraviesa el cráneo dos veces con el mismo objeto”.
La sentencia en primera instancia se publicó en 2015 en la revista PLOS One: certificaba el asesinato más antiguo jamás documentado. El problema es que no había culpable. Pero el sospechoso debía de ser diestro. ¿El móvil del crimen? Desconocido.
Un patrón inquietante
Pero el Cráneo 17 no está solo. En la sima de los Huesos se han encontrado restos de al menos 28 individuos más. Y cuando Sala y su equipo analizaron sistemáticamente los 20 cráneos disponibles, descubrieron algo perturbador: nueve presentaban fracturas producidas en el momento de la muerte o muy cerca de ella.
“Al menos 6 de los cráneos de la sima de los Huesos tienen fracturas penetrantes en el lado izquierdo de la nuca. Su agresor debió de ser diestro y atacó por la espalda
“Seis tienen el mismo tipo de fractura y en el mismo sitio”, explica la investigadora. “Son fracturas penetrantes, con un objeto, todas en la región de la nuca y en el lado izquierdo”. El dato sugiere que los agresores eran diestros y atacaban por la espalda. ¿Estamos ante un patrón de violencia ritualizada? ¿Un método de ejecución? “Es un patrón. ¿Qué significa? No lo sé. Y no sé si lo quiero saber”.
Benjamina: la más querida
Pero Atapuerca no sólo guarda evidencias violentas. En el verano de 2001, la investigadora Ana Gracia Téllez encontró los primeros restos de una niña que cambiaría nuestra comprensión de la humanidad primitiva. Entonces no se podía adivinar su historia. Al unir los pedazos del puzle, emergió el llamado Cráneo 14. Pertenecía a una menor de unos 10 años. Pero el cráneo de esa niña reveló que no era como sus congéneres.
Sufría craneosinostosis, una enfermedad rara que provoca la fusión prematura de los huesos del cráneo. Sin cirugía —imposible hace 530.000 años— el resultado son deformidades severas y retraso psicomotor. Y sin embargo, aquella niña sobrevivió una década. “La tuvieron que querer y cuidar”, señala Sala. El equipo la bautizó como Benjamina, que “en hebreo significa la más querida”. Es el primer caso documentado de integración social de una persona con discapacidad en la historia de la humanidad.
Un descubrimiento reciente refuerza esta idea. En junio de 2024, la revista Science Advances publicó el hallazgo de Tina, una niña neandertal con síndrome de Down que vivió hasta los 6 años en la Cova Negra de Xàtiva. “La cuidaron sin esperar nada a cambio”, resumieron los investigadores.
Sin embargo, la historia de Benjamina no acabó bien. Al llegar a los diez años, aproximadamente, fue asesinada. También presenta ese patrón de lesiones de otros cráneos. Sala cree que solemos pensar instintivamente que la mataron sus compañeros de grupo por ser diferente. Pero pudo haber sido alguien de otro clan, “van a por el eslabón más débil”. ¿Estaríamos ante una protobatalla de guerra o es muy pronto en la historia humana?
Quién y por qué mató a la más querida sigue siendo un misterio.
De los crímenes paleolíticos a honrar a los muertos
Sala rechaza la visión simplista de nuestros antepasados como brutos violentos o, en el extremo opuesto, como nobles salvajes. «Hemos sido igual para lo bueno y para lo malo», resume. Y añade una reflexión incómoda: “Nos fascina porque son historias muy antiguas, pero en realidad está hablando de nosotros mismos. Enciende la tele cualquier día, seguimos repitiendo el mismo patrón todavía hoy, en todas partes del mundo“.
Para la investigadora, hay algo que sí nos distingue como especie: «El cuidado, ya no solo de los vivos, sino de los muertos. Eso sí que no tiene ningún sentido en otras especies. Puedes quererlo, echarlo de menos, tener dolor… pero encargarte de ellos, hacer cosas con ellos de forma cultural. Eso sí que es una singularidad nuestra propia».
En 2021, un equipo internacional —liderado por Martía Martinón-Torres, del CENIEH— publicó en Nature el hallazgo de Mtoto, un niño de 3 años enterrado hace 78.000 años en Kenia. Su cuerpo apareció en posición fetal, con la cabeza apoyada sobre lo que debió de ser una almohada de material perecedero. El primer enterramiento humano conocido en África.
Violencia y compasión. Asesinatos y cuidados. Todo convive en el registro fósil de Atapuerca, como convive en nosotros. «Esa parte del lado de la moneda del comportamiento que más nos gusta observar, de nuestra bondad», concluye Sala, «probablemente marcó la diferencia”.
Créditos del capítulo > Dirección y diseño sonoro: Mario Viciosa | Producción: Laura Huete |
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