“La naturaleza no se deja engañar”. El Nobel de Física Richard Feynman consiguió colocar este epílogo en el informe de la comisión de investigación del accidente del Challenger. Fue seis meses después de que un 28 de enero de 1986, el trasbordador espacial de la NASA saltase por los aires transcurridos 73 segundos de su lanzamiento. El peor accidente de la historia aeroespacial grabó en el cielo un surco de humo blanco en forma de y griega, llamado a ser icono de una tragedia más que evitable.
Nueve días después de la desintegración del Challenger ante las cámaras de todo el país, el presidente Reagan firmó la Orden Ejecutiva 12546 de una comisión de investigación. Entre los catorce miembros, Neil Armstrong, el Nobel Richard Feynman y la primera mujer estadounidense en el espacio, Sally Ride.
El informe final de la llamada Comisión Rogers, entregado el 9 de junio de 1986, fue demoledor: el accidente había sido “una catástrofe enraizada en la historia”, donde “la cultura organizativa de la NASA” fue determinante. Y donde las prisas por ganar el pulso a la URSS, en una endiablada carrera de lanzamientos sin descanso, jugó a la contra aun conociéndose el riesgo.
Un pedazo de goma del Challenger que sucumbió al frío
Ya en 1977, la NASA conocía los fallos de diseño de unas juntas tóricas —anillos de goma que sellaban los cohetes— y su potencial catastrófico. Esta especie de gomas en forma de anilla debían mantener los gases calientes a raya, adaptándose a las extremas condiciones del lanzamiento. Así había ocurrido en una decena de ocasiones anteriores en los lanzamientos. Hasta que una fría mañana en Florida lo cambió todo.
”Lo que pasó es que una junta tórica no había pasado correctamente el control de calidad”, recuerda Josep Calatayud, especialista en aeronáutica espacial y divulgador en Control de Misión. “Durante el lanzamiento se erosionó, hubo una fuga y esa fuga ocasionó una explosión”.
Señala el divulgador en el pódcast de Newtral Esto no ha pasado que “con la época del transbordador espacial se hicieron muchas cosas mal y se trabajaba con mucha prisa. Siempre había un deadline, mucha presión sobre los ingenieros”.
El malogrado lanzamiento del Challenger en enero de 1986 ya había sufrido todos los contratiempos posibles antes. Precisa el profesor de Estudios espaciales Michael Dodge (Universidad de Dakota del Norte) que ya tuvo un aplazamiento de tres días para acomodar el aterrizaje de su hermano Columbia. El lanzamiento también se canceló dos veces debido a problemas meteorológicos y técnicos. El cronograma presionaba a la NASA. Finalmente, la misión sufrió dos retrasos el mismo día del lanzamiento.
La noche anterior, con temperaturas bajo cero en Cabo Cañaveral, ingenieros de la contratista Morton Thiokol intentaron detener la misión. En una teleconferencia, recomendaron “no lanzar por debajo de 53 grados Fahrenheit (11,6 grados centígrados)”. Los directivos de la NASA presionaron. La gerencia de Thiokol desautorizó a sus propios ingenieros. La llamada telefónica se acabó cuando, fuera, apenas se superaba 1 grado centígrado de temperatura.
Un papel en un pasillo
Sally Ride había volado dos veces a bordo del propio Challenger. Como miembro de la comisión, tuvo acceso a documentos que la NASA trataba de mantener ocultos: la relación entre temperatura y elasticidad de las juntas tóricas. Con el frío, las gomas se volvían rígidas. Pero a sus manos llegó un documento con una tabla que correlacionaba las dos variables. Dicho de otro modo: a menos de 11 grados, la junta se volvía rígida.
Ride no podía revelar el documento sin revelar su fuente. El general Donald Kutyna, compañero de comisión, relató años después: “Un día Sally y yo caminábamos juntos. Ella iba mirando al frente. Abrió su cuaderno y con la mano izquierda, sin decir palabra, me dio un papel”. Era ese documento.
Kutyna invitó a Feynman a cenar y le mostró el carburador de un coche. “Profesor, estos carburadores tienen juntas tóricas. Cuando hace mucho frío, tienes pérdidas ¿Cree que eso tiene algo que ver con nuestra situación?”. Feynman no dijo nada. Terminó accediendo al documento.
El vaso de agua helada
El 11 de febrero de 1986, durante una audiencia pública televisada, Feynman, con cáncer irremisible y nada que perder, sacó unos alicates comprados esa misma mañana en una ferretería, arrancó un trozo de junta tórica de una maqueta del Challenger y lo sumergió en un vaso de agua con hielo. Al sacarlo, la goma permanecía deformada. La demostración duró segundos: con las temperaturas de aquella mañana en Florida, las juntas no podían sellar nada.
“Sally Ride sonrió”, escribiría después el periodista Kevin Cook en Literary Hub. Durante el receso, el presidente de la comisión fue escuchado en el baño decir a Neil Armstrong: “Feynman se está convirtiendo en un verdadero grano en el culo”.Una vida en la sombra
Ride nunca habló de aquel momento en el pasillo. Tampoco de su relación de 27 años con su compañera, Tam O’Shaughnessy. En la NASA de los ochenta, ser mujer ya era obstáculo suficiente para desempeñar una carrera de éxitos pareja a sus compañeros. Un ejemplo: Los ingenieros de la NASA le preguntaron si cien tampones serían suficientes para una misión de una semana.
La verdad sobre su papel no se conoció hasta 2012, cuando Kutyna reveló que ella había sido su fuente. Ride fue clave. Pero tanto su papel en el esclarecimiento del accidente del Challenger como su homosexualidad permanecieron en la sombra hasta su muerte, aquel año. En el funeral, su novia Tam se despidió de Sally –quien, a su vez, había tenido un matrimonio de fachada con un compañero de la NASA– como su compañera de vida.
Las lecciones, cuatro décadas después
“Esas muertes impulsaron una mejora de todos los procedimientos que se utilizan” señala Calatayud. “La NASA dedica muchísimo tiempo y dinero a mejorar la seguridad y a probar absolutamente todos los componentes. Y no se marcan nunca plazos extraños ni deadlines que no puedan cumplir”.
El panorama espacial ha cambiado radicalmente. “Estamos viviendo una nueva era dorada de la exploración espacial. Ahora no es Estados Unidos contra la Unión Soviética, sino Estados Unidos contra China. Y hay actores de empresas privadas como SpaceX o Blue Origin. SpaceX es responsable de lanzar el 90% de la carga a órbita anual”, apunta el divulgador. Pero cree improbable que esa presión terminase hoy en negligencia como en 1986.
Sin embargo, advierte: “Uno piensa, cuando ve esas imágenes del Challenger, que ojalá no vuelva a pasar nunca más. Pero como con los aviones: cuando vuelan miles cada día, es normal que haya una confluencia de situaciones súper extrañas. Con la exploración espacial, lamentablemente, sé que en algún momento va a volver a pasar algo. Nada es infalible al 100%”. Mucho depende de tener presente que la naturaleza no se deja engañar.
Créditos del capítulo > Dirección y diseño sonoro: Mario Viciosa | Producción: Laura Huete | Agradecimientos: Carlota Díaz (OCR)
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