Matrimonios pactados, limpiar sin cobrar y exorcismos para lograr “mujeres decentes”: así funciona el centro Vida Nueva, que recibe dinero público

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El matrimonio de Luis Nasarre y Maricarmen Sotés, fundadores de Vida Nueva
Tiempo de lectura: 32 min

Los nombres de las víctimas que han prestado su testimonio para este reportaje han sido modificados para preservar la identidad de las mismas.

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Con 22 años, Mónica sufrió un brote psicótico tras consumir cannabis, algo que, en esa época, hacía de forma habitual. Su madre insistía en que Mónica no daba “más que problemas” y que estaba “totalmente fuera de sí”. No mencionaba, eso sí, ni las palizas que su padre le dio durante años ni la agresión sexual que sufrió por parte de un familiar. Mónica ya había sido catalogada por su familia como una hija problemática —por contestona, por llevar el pelo corto, por fumar, por rebelde, por salir tanto con chicos como con chicas—. Para ellos, aquel brote psicótico solo vino a confirmar la etiqueta que la joven llevaba cargando durante décadas.

Aquel episodio le supuso un ingreso de una semana en una Unidad de Agudos de un hospital madrileño, donde la joven estudiaba y residía. Unos meses después, Mónica suspendió todos los exámenes de junio y volvió a consumir. Por ese entonces, su madre había conocido a un hombre de la iglesia evangélica Vida Nueva (Navarra) que le habló del centro Vida Nueva, donde en teoría rehabilitaban a personas con adicciones y con problemas de salud mental. Así que un día metió a Mónica en el coche a la fuerza con la ayuda del hermano de esta y condujo desde Madrid hasta este centro. Su madre le dijo que era eso o ingresar en un psiquiátrico.

Mónica no sabía que pasaría en el centro Vida Nueva los siguientes diez años de su vida limpiando sin parar, con encierros en un sótano durante horas o días, obligada a vestir ropa femenina pero recatada, castigada por masturbarse y siendo sometida a exorcismos para liberarla “del demonio de la homosexualidad y de la rebeldía”, según ella misma relata a este medio. Le decían, asegura, que debía convertirse en “una buena mujer, en una mujer decente”. Una mujer casada con un hombre, dedicada al hogar, con hijos, sumisa y obediente, además de consagrada al Evangelio.

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La actual sede del Centro Vida en Ciriza, Navarra
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Centro Vida Nueva recibe dinero público y pacientes derivadas de la sanidad pública

Mónica consiguió escapar del centro Vida Nueva en 2015. Ella y otras cuatro víctimas denuncian que el centro Vida Nueva, cuya sede ahora está en Ciriza (Navarra), “es una secta” que practicó con ellas, entre otras cosas, terapias de conversión. El centro, fundado por el matrimonio de Luis Nasarre y Maricarmen Sotés, no solo sigue activo, sino que además recibe dinero público. Solo en 2025 ha obtenido, al menos, 105.150 euros del Ministerio de Trabajo (de fondos europeos), 12.000 del Ministerio para la Transformación Digital y 55.000 del Departamento de Derechos Sociales del Gobierno de Navarra, tal y como consta en el Sistema Nacional de Publicidad de Subvenciones y Ayudas Públicas.

  • Un apunte. Tanto el centro de rehabilitación como la iglesia donde predican su palabra están bajo el paraguas de la Asociación Cristiana Vida Nueva, fundada también por el matrimonio. El primer centro de rehabilitación, abierto en 1985, estaba situado en la localidad navarra de Ibero. Años después se trasladaron a Ciriza, que es la sede actual. 
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El matrimonio de Luis Nasarre y Maricarmen Sotés, fundadores de Vida Nueva

En su web aseguran que una de las vías de entrada es la derivación desde el sistema público de salud mental, así como desde Servicios Sociales. Aunque el Departamento de Salud de Navarra señala que no hay ningún concierto con dicho centro, desde el departamento navarro de Admisión a Salud Mental reconocen en conversación telefónica que sí se derivan pacientes a Vida Nueva. Estas derivaciones no obedecen a un concierto —las pagaría el usuario o sus tutores legales— pero este responsable señala que sí son plazas que algunos sanitarios solicitan directamente al centro “para perfiles específicos”. Plazas que pagaría el usuario o usuaria al no haber un concierto como tal. 

  • Según Vida Nueva, actualmente cobran 200 euros mensuales por el ingreso de un adulto y 300 en el caso de una madre con su hijo menor. 

Desde Vida Nueva, la trabajadora social Salomé Mera y la médica María Garzón apuntan a Newtral.es que se “coordinan con el centro de salud mental” que les corresponde por área geográfica, el de Buztintxuri, pero que también reciben derivaciones “de Urgencias de Psiquiatría” de diferentes hospitales de Navarra e incluso de otras regiones del territorio español. Lo llaman “colaboración coordinada”: “Aunque no tengamos un concierto como tal, nos conocen, llevamos casi 40 años en activo. Y no solo trabajamos con Navarra, también nos conocen en Aragón o en Canarias. Desde cualquier lugar nos pueden solicitar ingresar a alguien”.

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También hemos contactado con el Departamento de Derechos Sociales, desde donde indican que no hay ningún concierto pero que “en algunos casos, los Servicios Sociales de Base han orientado a algunas personas hacia ese centro”. 

Según su última memoria anual, de las 134 personas atendidas en el centro de rehabilitación en 2024, 13 de las solicitudes procedieron de los servicios sociales públicos —10 de Navarra y 3 de otras comunidades autónomas— y 15 de centros sanitarios públicos —12 de Navarra y 3 de otras regiones—. Es decir, casi el 21% de las personas atendidas en este centro evangélico habrían sido enviadas aquí por instituciones públicas.

Posible intrusismo profesional

En esta memoria anual también indican que desde hace seis años colaboran con el Gabinete Vida, un gabinete que ofrece “servicios de psiquiatría, pediatría y medicina general con especialidad en psicología clínica”. No hay rastro de este gabinete en internet, así que preguntadas directamente por el mismo, Salomé Mera y María Garzón reconocen que no es un gabinete externo con el que colaboren, sino que es un gabinete propio donde, de hecho, trabajan las mismas personas que en el centro Vida Nueva: la psiquiatra Irma Garmendia, la pediatra Elisabet Garmendia y la médica general María Garzón.

Está registrado como centro polivalente Vida en el Registro General de Centros, Servicios y Establecimientos Sanitarios y aseguran ofrecer servicio de “Medicina General con especialidad en Psicología Clínica” a pesar de no tener a una psicóloga clínica como tal. Preguntadas por esta cuestión, indican que la responsable es la médica María Garzón. 

Sin embargo, para poder ofrecer una especialización en psicología clínica, la persona debe tener, en primer lugar, la licenciatura o grado de Psicología, y en segundo lugar, haber superado la oposición de Psicólogo Interno Residente (PIR). “Esto es lo único que habilita para ejercer la psicología clínica”, explica Rosa Ramos, de la sección contra el intrusismo del Consejo General de la Psicología en España (COP). Sin embargo, María Garzón no tiene ninguna de estas dos cosas, como ha podido comprobar este medio.

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María Garzón asegura a este medio tener en su posesión el Máster en Psicología Clínica y de la Salud, obtenido en 2001 a través del Instituto Superior de Estudios Psicológicos de Barcelona (ISEP). Pero este máster no habilita ni para ejercer la psicología clínica ni tampoco para ejercer como psicóloga general sanitaria. Para esta segunda opción “hay un único máster habilitante”, señala Rosa Ramos, “que solo se da en universidades y que se llama Máster en Psicología General Sanitaria, no de otro modo, y menos en un centro privado como el ISEP”, añade la portavoz del COP. Y en todo caso, para acceder a este máster habilitante, primero habría que tener la licenciatura o grado en Psicología, que no es el caso de María Garzón.

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María Garzón asegura estar especializada en Psicología Clínica sin tener titulación

Así comienza la captación y la anulación de la voluntad

Vida Nueva no publicita en ningún sitio terapias para modificar la orientación sexual, la identidad o la expresión de género. Pero ante los testimonios recabados, este medio ha realizado una llamada al centro en calidad de posible paciente.

A la pregunta de si en Vida Nueva podría conseguir que dejasen de gustarle las mujeres, la persona que atiende, Stella Montes, responsable de mujeres y terapia, responde entre firmando y asintiendo: “Sí, sí, sí. Tú lo que quieres es una vida nueva”. Más tarde añade que “eso” —la bisexualidad a la que hace referencia la llamante— “es la punta del iceberg”: “Seguramente debajo habrá cosas, hábitos de rebeldía, un camino de pornografía que se ha convertido en algo insaciable”, añade. Después, Stella Montes procede a explicar que el centro es “una casa de obediencia”, que “el primer mes no se habla con la familia” y que si por ejemplo dices una palabrota “vas a fregar los platos de la cena”. “Somos cristianos y nuestra terapia es vivir el evangelio”, añade. 

Mónica estuvo más de un mes sin hablar con su familia. El primer día, además de quitarle sus pertenencias, le asignaron una “sombra”. La “sombra”, según los testimonios de Mónica y de otras cuatro mujeres que estuvieron ingresadas en el centro —Laura, Tamara, Sheila y Cristina—, es una mujer del centro que sigue a la interna en todo momento para controlar que no se comunica con nadie, que no se opone a las órdenes y que cumple las tareas que se le asignan a la “asombrada”. En el caso de Mónica, mantuvieron una “sombra” con ella durante los tres primeros años.

Los castigos comenzaron pronto. Desde obligarla a fregar durante varios días todos los platos de desayuno, comida y cena de todas las internas hasta encerrarla en la biblioteca o en el sótano sin comida. “A veces eran unas horas pero en una ocasión estuve encerrada hasta tres días seguidos. Me decían que yo era una persona demente y que solo si me rendía a la voluntad de Dios me salvaría; que si seguía así, iba a acabar en un psiquiátrico atada a una cama”, explica Mónica. Los castigos podían tener lugar por cualquier tipo de conducta que se considerara una forma de desobediencia o un acto impuro: ya fuese reconocer que se había masturbado, no agachar la cabeza si pasaba una responsable o gritar que se quería ir de ahí. 

“Yo siempre fui la oveja negra de la familia, nadie quería hablar de la violencia pero yo sí, así que yo era la mala. Cuando llegué al centro, a pesar de que tenía que ir con la cabeza agachada y tenía que obedecer, también te abrazaban y hablaban contigo, y yo estaba muy necesitada de ese cariño. Luego entendí que te hacían sentir querida para que te abrieras en canal. Cuando lo sabían todo de ti, lo usaban en tu contra. Por ejemplo, Stella me llevaba a su despacho para hablar y se mostraba amable. Yo confiaba y le contaba que me sentía mal porque había estado pensando en chicas y que eso era pecado. Luego me castigaban por ello”, explica Mónica.

El psicólogo clínico Miguel Perlado, especializado en sectas, señala que “es habitual que cojan una toxicomanía o algún otro problema concreto [en el caso de Mónica, el consumo de cannabis] para luego ampliar el foco de tal manera que te hacen creer que toda tu vida está marcada por un patrón adictivo”. De esta forma, afirma Perlado, “acaban por convencerte de que la fuente de tus males está dentro de ti”. 

Este psicólogo señala que muchas de estas comunidades comienzan con un “movimiento de seducción” destinado a personas en situación de vulnerabilidad: “Primero se muestran amorosos, comprensivos y confiables para que te abras completamente. Y si no te abres, harán que te abras a través de encuentros de alta emocionalidad. Al principio la persona puede incluso sentirse bien, pensando que toda esa ‘terapia’ funciona. Pero pronto comienza el control coercitivo a través de tu intimidad”. 

Esto es justo lo que relata Sheila, quien estuvo en el centro Vida Nueva de 2009 a 2016: “Dos semanas después de ingresar, con 17 años, les dije que tenía un retraso. Me dieron un test de embarazo y antes de hacérmelo me dijeron que si estaba embarazada iba a tener el bebé sí o sí, que el aborto no era una opción. Cuando salió negativo, tuve que orar a Dios para pedirle perdón por haber tenido relaciones sexuales sin casarme y para pedirle que me limpiara y que me devolviera la virginidad”.

Tiempo después, recuerda Sheila, tuvo que contarlo públicamente en uno de los cultos: “Se suponía que eso les mostraba el poder de Dios porque, según ellos, Dios me había librado de un embarazo fruto del pecado. Pero también funcionaba como humillación porque tenías que contar delante de todo el mundo que habías mantenido relaciones sexuales antes de llegar ahí, con 17 años”.

Agresiones a menores e internas que controlan a otras internas

Otro de los mecanismos habituales que expone Miguel Perlado es “convencerte para delatar a otros y que así tú ejerzas ese control coercitivo y te sientas parte de la comunidad”. Es otra de las cuestiones que destaca Sheila: “Había chicas más rebeldes a las que castigaban más”, como ocurría con Mónica. “A estas, Stella y otras responsables nos pedían controlarlas. Recuerdo tener que vigilar que una chica con bulimia no comiera más de lo que le permitían o estar con chicas con problemas de salud mental y si gritaban o se encontraban mal, tener que decirles que el demonio las había atacado y las tenía atrapadas por el pecado”, apunta Sheila. “Cómo es posible que las propias internas tuviéramos que encargarnos de algo así, era una responsabilidad terrible para nosotras. Pero sabías que al menos así te librabas de los castigos, de estar en el punto de mira”, añade. 

El centro está dividido en tres partes: en una residen solo chicas, en otra solo chicos y en una tercera, madres con sus hijos. En este último caso, “son sobre todo mujeres que vienen de la drogadicción o de la prostitución, que están en exclusión social”, explica Tamara, otra víctima que estuvo internada entre 2004 y 2008.

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Algunos de los miembros que las víctimas han reconocido como principales responsables de los hechos que denuncian

A Tamara le dieron el alta en 2008, pero la convencieron para que se quedase como responsable. A ella también le encargaban ejercer ese control coercitivo: “En la parte de chicas muchas veces tenía que aplacar a internas que se rebelaban. Un par de veces tuve que sujetar a Mónica hasta que venían dos responsables hombres y la encerraban en el sótano o en la biblioteca. Luego me mandaron vigilar a las madres y a sus hijos menores. Cuando un niño gritaba o se ‘portaba mal’, había que tirarlos al suelo, tirarse encima de ellos y aplacarlos. A veces los encerraban en un almacén hasta que se calmaban y cuando salían, las responsables les pedían a las madres que les pegasen fuerte. Te hablo de niños de cuatro, cinco o seis años. Decían que era la única manera de que aprendiesen a ser obedientes. Aquello empezó a ser tan insoportable para mí que unos años después intenté suicidarme”.

Todas las víctimas entrevistadas temen que su testimonio no resulte creíble porque una experiencia tan extrema puede resultar “inverosímil”. “La gente se preguntará: ‘Pero por qué no te fuiste’. Y de verdad es casi imposible hacerlo, llega un momento en el que estás totalmente despersonalizada”.

Para tratar de aterrizar esto, el psicólogo especializado en sectas Miguel Perlado señala que este tipo de comunidades “comienzan con una finalidad loable” —en el caso de Nasarre y Sotés, acoger a personas con VIH/SIDA en los años 80— “pero que se van sectarizando”. Es precisamente el prestigio social que alcanzan y la legitimidad por ese inicial fin loable lo que va cocinando a fuego lento una sensación de impunidad, como explica Perlado: “Estas comunidades muchas veces son laboratorios de experimentación. Van probando cosas y ante la falta de límites y de control de la administración pública, acaban adquiriendo tintes totalitarios”.

La práctica de exorcismos en el centro Vida Nueva

Perlado detalla los sutiles mecanismos psicológicos por los que una persona puede llegar a ser sometida a exorcismos y no huir. En primer lugar, porque no son exorcismos como los de las películas. De hecho, a estos actos los llaman “imposición de manos”. Tamara explica que “hay diferentes grados”: “A veces te colocan las manos por el cuerpo y oran por ti, incluso en el culto, con más gente, pero los hay más extremos. Te obligan a tumbarte o te dan fuerte con la mano en la frente hasta que te caes al suelo, y ahí empiezan a ponerte las manos en la cabeza, en los hombros, en los brazos, en las piernas, en la espalda… Y empiezan a hablar en lenguas raras, creo que pentecostales, porque dicen que el Espíritu Santo les llena y así se dirigen a los demonios para ahuyentarlos. A mí me lo hicieron al llegar para quitar la rebeldía de mí porque decían que era una puerta a los demonios”. 

Perlado matiza que los exorcismos no dejan de ser “una forma de limpieza espiritual” y que “no son necesariamente malos”. “Se llevan a cabo en muchas comunidades espirituales que no están sectarizadas. Pero es verdad que es una herramienta común en comunidades de alto control ideológico donde te convencen de que hay algo malo dentro de ti que debe ser expulsado. En un centro de rehabilitación no ha lugar a un ritual de este tipo, es violento porque solo se utiliza para insuflar culpa y miedo y ahondar en el control coercitivo”, añade. 

En todo caso, aunque públicamente hablen de ello como “imposición de manos”, una fuente cercana al matrimonio de Luis Nasarre y Maricarmen Sotés cuenta que en una ocasión pudo ver que Luis había escrito en una libreta de notas: “Practicar exorcismo a Saray” —el nombre ha sido modificado para resguardar la identidad tanto de la fuente como de la persona implicada en el exorcismo al no tener su testimonio directo—. 

Miguel Perlado también explica que “te hacen dudar de todo” y “reinterpretan hasta tu propia historia personal”. “Te aíslan del mundo, por lo que el único contacto humano es esa comunidad. A eso se suma un bombardeo ideológico de horas y horas, donde además te dicen que si hablas con gente del exterior, no debes contarles nada ni explicarles determinadas cosas porque no las van a entender. La comunidad coloniza tus afectos, tus vínculos, todo”, añade.

Otra de las estrategias de abuso psicológico que emplean es la de “emitir mensajes contradictorios”, como apunta el psicólogo. Sheila ejemplifica bien esto cuando recuerda un episodio en el que Stella le dijo que por haber sido “muy obediente” podía subir a ponerse “especialmente guapa”. “Subí, me maquillé un poco más de lo que normalmente me permitían y me puse un vestido sin camiseta debajo. Nada del otro mundo, claro, porque iba con la ropa que me dejaban tener ahí. Pero en vez de llevar vestido con tirante ancho y alguna camiseta debajo, que era como lo obligatorio, no llevaba camiseta debajo. Todas las chicas me decían que estaba increíble. Cuando me vio Stella empezó a mirarme desde la otra punta de la sala con cara como de estar horrorizada y enfadada. Se acercó, me cogió del brazo y me dijo que cómo se me ocurría ir así, que iba provocando, que corriera a cambiarme”. 

“Estos mecanismos aumentan la dependencia porque al decirte cosas contradictorias que no puedes conjugar, tu mente no sabe cómo acertar. Así que finalmente piensas: ‘Espero a que me digan qué tengo que hacer’. Además, a esto se suma que te dicen que eres tú la que no entendiste bien la orden o el mensaje, por lo que piensas también: ‘Es verdad, ellos tienen razón, mi mente me engaña’”, detalla Perlado. Para cuando la violencia se va recrudeciendo —por ejemplo, con sujeciones, encierros o exorcismos—, la persona ya tiene “dinamitado el pensamiento crítico y la voluntad”.

Curación de enfermedades por “milagro de Dios”

Alejandra Rodríguez, abogada especializada en sectas, relata que uno de los puntos en común en estas comunidades es “el control de alimentación y dietas para generar sometimiento”. Mónica también cumple este punto. Diagnosticada con la enfermedad celíaca desde pequeña, como consta en un informe médico del año 91 al que ha podido acceder este medio, a Mónica le impusieron introducir gluten en su dieta a finales de 2012, seis años después de su ingreso. 

“Stella Montes, la responsable de mujeres y de terapia, y María Garzón, la médica, me dijeron que Dios me había curado. Así que empecé a comer gluten y enfermé muchísimo. Tenía vómitos y diarreas y perdí como diez kilos. Ellas solo me decían que estaba así porque estaba siendo rebelde. Hasta que un día estaba tan mal que tuvieron que llevarme al hospital y acabé ingresada”, detalla Mónica. El informe del Hospital Universitario de Navarra, al que también ha podido acceder este medio, confirma el diagnóstico de celiaquía de nuevo y corrobora el cuadro expuesto por esta víctima.

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Los informes médicos de Mónica: el de diagnóstico de celiaquía en 1991 y el del ingreso en 2013

Este medio ha hablado con una extrabajadora de la Óptica Vínculo (Pamplona), a la que Mónica y otras chicas del centro acudían a limpiar, quien recuerda que Mónica “perdió mucho peso”. “Me preocupé y le pregunté si estaba bien. Me dijo que Dios había obrado el milagro y que la había curado, que ya no era celíaca”, explica esta fuente. Unos meses después, Mónica ingresó debido a la ingesta de gluten siendo celíaca.

Sheila también refiere alteraciones en su dieta: “Yo solía tener muchas migrañas desde pequeña y me daban cuando comía chocolate, así que el médico me recomendó no ingerirlo. Cuando ingresé en Vida Nueva, me daban chocolate y me decían que lo tomara con fe porque Dios me podía sanar. Cuando me quejaba de que me dolía la cabeza por comer chocolate, decían que era mi culpa por decirlo alto porque las palabras tienen poder”.

Denuncias de explotación laboral: “Limpiábamos en empresas sin cobrar y sin estar dadas de alta en la Seguridad Social”

Además de todas las tareas de limpieza que han de realizar en el propio centro, junto con la asistencia a cultos, a rezos y a otras actividades religiosas, las víctimas denuncian que las obligaban a realizar servicios de limpieza en empresas externas. 

Mónica relata que llegaba a limpiar hasta diez horas al día: “Portales, clínicas dentales, un hostal, una óptica… Nos llevaban en furgoneta e íbamos de un sitio a otro. Limpiábamos en todas esas empresas sin cobrar nada y sin estar dadas de alta en la Seguridad Social”. Sheila y Tamara refieren exactamente lo mismo. 

Este medio ha podido acceder a la vida laboral de Mónica y no consta estar dada de alta como trabajadora en las fechas en las que acudía a todas estas empresas. Además, ha contactado con una extrabajadora de la Óptica Vínculo que confirma que esta empresa “sí pagaba por ese servicio pero a Vida Nueva”. “A las chicas que acudían a limpiar las llamaban ‘voluntarias’, ellas no recibían dinero”. Esta fuente corrobora, además, las fechas en las que Mónica asegura que limpiaba en esta óptica. 

La gerente de la óptica en ese entonces era Lola Montes, hermana de Stella Montes y prima de María Garzón, ambas del centro Vida Nueva —responsable de mujeres y terapia, y la médica, respectivamente—, por lo que Lola era, al menos en esta empresa, el vínculo entre la óptica y el centro evangélico.

Este medio ha podido saber, además, que Lola Montes fue condenada a seis meses de prisión por intrusismo laboral en 2013, ya que se hacía pasar por optometrista sin tener la titulación. La sentencia de instancia, ratificada después por la Audiencia Provincial de Navarra, señala que “llevaba bata blanca con una placa que ponía optometrista” y que tenía colgado un diploma sin validez.

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Extracto de la sentencia de condena a Lola Montes (2012)

La extrabajadora de Óptica Vínculo con la que ha podido hablar este medio recuerda que cuando condenaron a Lola Montes, le preguntó “qué estaba pasando”: “Lola me dijo que la jueza la había llamado por teléfono y que le había perdonado la condena porque sabía que todo era un complot contra ella. Cuando se lo dije a la letrada del Colegio Nacional de Ópticos-Optometristas [que había llevado la causa contra Lola Montes junto al Ministerio Fiscal] me dijo que eso era mentira. A los pocos días, Lola se dio de baja médica y nunca volvió”. Ahí fue cuando las chicas del centro Vida Nueva dejaron de acudir a limpiar en la Óptica Vínculo, empresa que ahora está inactiva.

Corrigiendo a “hijas problemáticas”: casarse con un hombre para ser “mujeres decentes”

Aunque la casuística varía, cuatro de las cinco víctimas con las que ha hablado Newtral coinciden en que acabaron internadas por ser “hijas problemáticas”. Mónica, que ingresó con 22 años, consumía cannabis y suspendió las asignaturas de la carrera que cursaba. Laura llegó con 18 años después de una época en la que consumía alcohol y salía de fiesta sin aparecer por casa en dos o tres días. Sheila fue ingresada con 17 años tras haber repetido curso y no querer salir de su cuarto ni para ir a clase. Cristina, que también llegó con 17 años, tenía un trastorno de la conducta alimentaria. Tamara ingresó voluntariamente a los 16 también porque su situación en casa era “invivible con un padrastro maltratador y una madre con depresión”. Pero nada más entrar también le colgaron la etiqueta de problemática porque decían que “era hija de una pecadora”—su madre se había divorciado dos veces—. 

“Creo que el primer problema es que nosotras mismas habíamos creído que éramos problemáticas. Sí, quizá necesitábamos ayuda, pero ¿qué significa ser problemática? Cuando te lo han dicho tanto al final crees que te mereces estar ahí”, apunta Mónica. Por ejemplo, Sheila pone de manifiesto que su madre había muerto unos años antes y que su condición de migrante la había marcado, haciéndola sentir “sola y discriminada”. Y Tamara expresa que lo que la hacía problemática era “tener una madre que se había divorciado dos veces y usar muchas minifaldas”. “El primer día me hicieron tirar toda mi ropa, decían que no era decente”, añade. 

Las terapias de conversión que las víctimas denuncian tienen que ver con diversas esferas del género: desde la expresión y la identidad —imponer determinada forma de vestir y estereotipos y roles femeninos, como limpiar, obedecer y ser sumisa— hasta la orientación sexual. Tamara, Mónica y Sheila se declaran bisexuales. Mónica es la única que lo declaró abiertamente y por eso le realizaron el exorcismo para liberarla del demonio de la homosexualidad.

También sometieron a Tamara a un exorcismo cuando declaró que prefería “casarse con Lucía [una amiga del centro] antes que con Daniel [el chico que supuestamente Dios había dispuesto para ella]”. Cuando Sheila contó en una ocasión que había estado con chicas, “oraron” por su “limpieza, purificación y santidad”. Y en el caso de Laura, aunque no se declara bisexual como tal, esta tuvo un acercamiento con otra interna llamada Rebeca. Cuando una noche descubrieron que habían quedado a escondidas, las separaron y les prohibieron hablar durante meses.

Parte de estas terapias de conversión para convertirlas en “mujeres decentes” se basa en obligarlas a limpiar. En el caso de Cristina, cuando llegó a Vida Nueva con 17 años, primero la internaron en casa de una pareja de la iglesia. “Tenía que levantarme todos los días temprano para hacer todas las camas y después ponerme a limpiar la casa entera mientras ellos desayunaban con sus hijas. No solo no cobraba nada sino que mis padres pagaban por estar en rehabilitación. Nunca jamás me trataron el TCA, no tuve terapia de nada. La terapeuta era Stella que simplemente un día te llevaba a su despacho a hablar y te preguntaba cosas personales y te hablaba del pecado. No había una pauta ni un tratamiento como tal”, cuenta Cristina. Poco después de cumplir los 18, consiguió convencer a sus padres de que la sacasen del centro. 

Otra de las formas de “corregir” a estas chicas es la imposición de matrimonios heterosexuales, según denuncian tres de las víctimas. 

Tamara recuerda especialmente una charla sobre el matrimonio en la que, dirigiéndose a las mujeres, dos de las responsables les indicaron que tenían que ser “femeninas y sumisas en el matrimonio y siempre dispuestas para el marido”.

  • Respecto a la imposición de feminidad, esta siempre debía ser discreta y modesta, no provocativa, con faldas siempre por debajo de la rodilla y camisetas que no mostrasen el sujetador, tal y como recuerdan las víctimas. 

“Decían que todo debía ser hablado, pero que siempre la última palabra la tenía el marido y teníamos que obedecer porque el marido era cabeza de la mujer. Una chica preguntó si eso también iba referido a relaciones sexuales y dijeron que también, que si él quería no podíamos negarnos y que había que hacerlo con alegría”, apunta Tamara. Mónica también  estuvo presente en esta charla y recuerda el mismo contenido.

Mónica, Tamara y Sheila coinciden en su relato sobre los “matrimonios pactados”: un día, un hombre al que solo conocían de vista por coincidir en el culto, se comunicó con ellas para pedirles iniciar un noviazgo que debía culminar en matrimonio.

Normalmente funcionaba así, según detalla Tamara: “El hombre en cuestión [ya fuese de la iglesia o un chico internado en la parte masculina], que se había fijado en una de las chicas al coincidir con ella en los cultos, le pedía primero permiso al pastor, Luis Nasarre, para acercarse a ella y pedirle salir. El pastor le decía que tenía que orarlo y al poco le respondía si sí o si no. Si era que sí, el hombre tenía permiso para interaccionar directamente con la interna y pedirle ser su novia”, relata Tamara. 

“Pero teníamos la orden de primero decir que teníamos que consultarlo con nuestra responsable. Así que hablábamos con Stella y nos decía que había que orarle a Dios, normalmente esperando que dijéramos que sí. Porque si nos oponíamos o nos mostrábamos dudosas, nos decían que estábamos perdiendo la visión, que cuestionábamos a Dios o que Dios nunca da más de lo que podemos soportar. Sabías que si no te casabas con ese hombre, nunca saldrías del centro. El matrimonio era muchas veces la vía para que te diesen el alta y así empezar una nueva vida fuera tras la boda”, relata Sheila, otra de las víctimas. 

Estas tres víctimas recuerdan que esta fue una de las experiencias que más sufrimiento les supuso. “Yo pensaba: ‘No puede ser, Dios tiene que tener preparada otra cosa para mí, al menos un hombre por quien sienta algo’”, recuerda Tamara. Sheila “oraba y oraba para que Dios eligiese a otra persona”. Mónica directamente comenzó a tener ataques de pánico ante la simple idea de tener que desposarse con un desconocido —normalmente eran hombres a los que apenas conocían de vista al coincidir en los cultos—. 

Unos meses antes, el centro había considerado que Mónica era lo suficientemente obediente como para irse a un piso tutelado (junto a una mujer de la iglesia y las hijas de esta) y tener un coche propio con el que hacer recados para el centro. No tenía el alta pero sí algo más de libertad de movimiento, aunque debía reportar a Stella cada acción y pedir permiso para hacer algo fuera de lo que le hubiesen ordenado. 

La idea “insoportable” de tener que casarse la hizo planear su huida: una mañana que debía acudir al culto, llamó a Stella y le dijo que se encontraba mal. Metió algunas cosas en la maleta y condujo hasta Madrid, a casa de su madre, que diez años después de haberla ingresado a la fuerza, le dijo que podía quedarse allí con ella. Unas semanas después, el centro simplemente le envió su alta voluntaria, como si nunca la hubiese tenido una década entera retenida a través de control coercitivo y torturas psicológicas. 

Tamara y Sheila, ante la idea de un matrimonio forzado, también comenzaron a requerir abandonar el centro. A pesar de la insistencia de las responsables y de los castigos por “mostrarse desobedientes”, tras varios meses consiguieron abandonar Vida Nueva en 2013 y 2016, respectivamente. 

Las víctimas no solo denuncian las torturas a las que fueron sometidas, sino que estas prácticas siguen llevándose a cabo. “La gente tiene mucho miedo de hablar”, apunta Laura, que recibió el alta en 2006, antes que las otras víctimas, tras casarse por elección con un chico de la iglesia. Laura siguió totalmente vinculada a la iglesia durante diez años más hasta que su marido y ella fueron conscientes de que sus hijas estaban siendo sometidas a técnicas de manipulación y control similares a las que ella había sufrido cuando estuvo interna. 

“Cuando estás dentro, realmente crees que afuera no hay vida posible. Y de algún modo, te destrozan tanto que después cuesta mucho volver a empezar. Pero se puede”, dice Cristina. 

El psicólogo Miguel Perlado recuerda que para que haya un proceso de “desectarización de una comunidad”, esta debe realizar un profundo trabajo de reestructuración interna: “Renovar cargos, revisar funcionamiento interno, abrir las puertas a quienes se marcharon o lograron escapar para reparar el daño y reconstruir la comunidad. Si no, todo seguirá funcionando exactamente igual”.

Unos días antes de la publicación de esta investigación, este medio ha contactado por segunda vez con el centro Vida Nueva solicitando una entrevista con el máximo responsable, el pastor Luis Nasarre, que ha sido declinada. Sí han respondido por escrito que “no es verdad que el centro imponga prácticas en relación a la vestimenta, los matrimonios o la sexualidad”.

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