Los siete pecados capitales

Bien sabido es que no hay nada más atractivo que el pecado. La razón principal, dicen algunos, está en la categorización del acto y no en el hecho en sí. Es decir, sentimos el impulso hacia lo prohibido precisamente porque lo es. Otros defienden que el pecado lo es por la carga que trae, también al propio pecador, y la categorización viene concertada después. Las consecuencias en el resto y la propia culpa definen el pecado. En cualquier caso, hemos de reconocer que su presencia flotante sobre nuestras cabezas nos altera. La literatura ha sabido reconocer su influencia y ha motivado escenas sobrecogedoras envueltas en consciencia pecaminosa y por tanto profundamente humanas.

Cortesanos

La condición biológica por excelencia es la lucha por la supervivencia. La vida, desde su origen, pelea por no extinguirse siguiendo la estrategia más lógica: aumentando el número, la diversidad y la especialización de sus actores. Lo hace además seleccionando continuamente a la élite de sus miembros y descartando al resto, siendo el valor determinante la adaptabilidad al medio.

Forasteros

Almería es mi tierra, como lo es Granada. He nacido en Madrid, pero si remonto la pirámide de mi ascendencia hasta donde llegan los registros o la memoria de mis abuelos, acabo siempre en esa misma tierra, y por eso la llamo mía. No cabe duda de que algún día los ascendientes de mis abuelos llegaron allí desde otro lugar, pero eso no importa porque ya nadie se acuerda. Si atiendo a rasgos genéticos evidentes como el tamaño y forma de mi nariz, probablemente fueran judíos o musulmanes del norte de África. O cigüeñas.

Al andar se hace camino

Había un chico en el colegio al que le llamábamos ‘el enamorao’, porque leía poesía mientras otros jugábamos al fútbol, o a la consola, o al fútbol en la consola, lo más habitual. Era un chico nuevo. La verdad es que un día estaba leyendo en un rincón de las gradas del campo y alguien le quitó el libro de las manos por sorpresa. Cuando este vio que el libro era en verso recorrió el patio anunciando a gritos que el nuevo leía poesía y que merecía el mote de ‘el enamorao’, así que todos lo reconocimos de esa manera.

La Vanidad

Leí hace poco una reflexión de Richard Dawkins sobre la muerte. Decía que nosotros, que algún día vamos a morir, somos los afortunados. Que la mayoría de la gente nunca va a morir porque nunca va a nacer tampoco. Si tenemos en cuenta las posibles combinaciones para formar el ADN humano, la excepcionalidad de vivir es evidente, y podemos imaginar que dentro de todas esas personas que no van a nacer se encuentran científicos más brillantes que Einstein, poetas mejores que Lorca y atletas más rápidos que Bolt. Sin embargo, ustedes y yo con toda nuestra mediocridad estamos aquí.

Alternativas a ‘El Alquimista’

Seguro que os ha pasado. Normalmente sucede mientras uno está desprevenido, a otras
cosas. Nadie se espera semejante pregunta, pues es una cuestión que difícilmente tiene
introducción y por tanto cae en la escena de repente como una pedrada. Estás sentado/a en
una barra o en el banco de un parque con esa chica/o, o con tus amigos, aunque normalmente
es asunto de dos, cuando te encuentras de frente con la pregunta y piensas que has de
contestar rápido ya que tienes clavados los ojos de tu interlocutor, pero a la vez te gustaría
contestar lento, quizás con otra pregunta o con varias. También te gustaría desaparecer.

Vida y obra

Hace un tiempo leí en una de esas revistas de las salas de espera del dentista un artículo que me llamó la atención. Yo andaba con un dolor importante en una muela, el ‘Upper East Side’ que diría Bukowski, y el artículo hablaba sobre ‘Lolita’ de Nabokov y la «imprudencia de permitir» que se publicaran libros que «publicitaran» el acoso sexual y lo «normalizaran». La autora despotricaba contra el autor como si fuera este el propio Humbert Humbert y tachaba el libro de instrumento didáctico sobre conductas vomitivas y peligrosas.

Tres tristes libros

¿Qué hace a un libro triste? Desde luego no debería ser únicamente lo dramático de su argumento y mucho menos un desenlace fatal. La muerte del héroe, los corazones rotos… los finales trágicos no definen la tristeza de una obra. Por ejemplo, creo que ‘Las uvas de la ira’ de Steinbeck no es una novela triste a pesar del sufrimiento constante de sus protagonistas o de su inigualable escenificación final del hambre. En cambio existe una luz de auxilio siempre presente que domina los corazones de los Joad y el ánimo del lector. Es más bien una novela de segundas oportunidades, una novela sobre la esperanza.