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OPINIÓN | La segunda ola y las etapas de Elisabeth Kübler-Ros
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OPINIÓN | La segunda ola y las etapas de Elisabeth Kübler-Ros

Por Amparo Iraola, médico de familia y oncóloga

“Las dificultades preparan a personas comunes para destinos extraordinarios”

C.S.Lewis.

Maridaje introductorio:

 The Theory of Everything. A model of the Universe. 

Ayer cerré el diario de cuarentena que empecé a escribir allá por el 16 de marzo como forma de dar salida a todo el torbellino de emociones que me invadía desde que se decretó el estado de alarma y nuestra vida cotidiana cambió de la noche a la mañana. No es un gran texto. Apenas son pinceladas de las cosas que más me marcaron esos días. Al principio el ritmo del relato era diario. Ese rato dedicado a recordar lo que más me había impactado en esos días iniciales de desconcierto, era de las pocas cosas en las que podía fijar mi atención, dispersa como estaba entre el miedo, la responsabilidad y la necesidad de adaptarme y dar una forma de “normalidad” a los tiempos tan excepcionales que estábamos viviendo.  

Se otean estos días las fases de desescalada y los sanitarios contenemos el aliento y apretamos los dientes. Es otro miedo distinto, pero miedo a fin de cuentas también. A que vuelva lo peor de esta pesadilla, que en realidad no ha hecho más que empezar. 

Estamos empezando las “horas centrales”, un término inventado para este texto, que pensaba iniciar haciendo un paralelismo entre este tiempo y una pesada guardia de sábado. 

¿Por qué de sábado, diréis, y no de cualquier otro día de la semana? Porque tener guardia un sábado no tiene consuelo posible. No está pagado, como diría mi compañero Fernando. Trabajas 25 horas, cobras 17, no generas libranza ( en la mayoría de los sitios, aunque hay centros que contemplan librar un día) y sobretodo, pierdes el tiempo de  transición y descanso entre dos semanas. 

Las horas centrales son esas en las que ya llevas un montón de horas trabajando, más si la guardia va enfilada a ser caótica desde el minuto uno, y todavía te quedan un montón de horas por delante. A mediodía estás ya como si te hubiera pasado un camión por encima, la cabeza te hierve de tanto pensar y de tanto tomar decisiones, no has parado ni diez minutos para mal comer ( a veces con premio de tener que salir corriendo del comedor para atender un caso especialmente grave o una parada) y no hay previsión de que la guardia vaya a ir a mejor. 

Y las horas pasan lentas, pastosas y densas. 

Si trasladamos esta analogía a la crisis sanitaria que estamos viviendo ( sí, estamos viviendo y no hemos vivido, porque el coronavirus sigue aquí, entre nosotros) vamos adentrándonos en esas “horas centrales”. Después de dos meses muy intensos en el que literalmente los sanitarios de este país nos hemos dejado la piel ( muchos, más de 40.000, la salud y muchos, demasiados también, la vida), aún recuperándonos del desconcierto inicial y del agotamiento físico y mental que ha supuesto lidiar con esto, somos conscientes de que estamos siquiera empezando con el segundo envite, la corriente de resaca, lo que ya se ha bautizado como “la segunda ola” (ver gráfico).

Adaptado de V. Tseng

Hemos pasado la primera ola, si, pero ahora toca recoger los restos. Tanto de los que se quedaron convalecientes de ese primer tsunami, como de todo lo que se quedó pendiente de antes, que ha formado un tapón considerable en una sanidad ya debilitada e infradotada. Si cada año, nuestra sanidad veía tambalearse su frágil equilibrio ante episodios cíclicos como la gripe estacional, nos podemos imaginar como de minado está el campo asistencial actualmente y cómo lo va a estar en los próximos meses, sino años. 

Viendo lo que se nos avecina (el esquema de V.Tseng es muy representativo) algunos pensamos que apenas hemos saltado una pequeña ola y que el tsunami gordo aún está por venir. 

Y cruzamos los dedos para que no tengamos un repunte grave. 

Y seguimos temblando… 

Unas especialidades más que otras, eso es cierto. La ninguneada medicina de familia, que ha contenido la pandemia hasta un límite que ningún político imagina, es una de ellas. Las urgencias, puerta de entrada hospitalaria por excelencia, lo mismo. Y uno de los drenajes naturales de los hospitales, las unidades de hospitalización a domicilio, también. 

Salimos de algo que ninguno de nosotros, profesionales de la salud, pensó que vería nunca y que ha puesto todo nuestro mundo laboral y personal patas arriba. Y volvemos a un sistema sanitario fragmentado en diecisiete sistemas organizativos diferentes, todos heridos por los recortes previos ( si bien es verdad que unos más que otros), que pretenden volver a la misma situación administrativa y organizativa precaria, opaca y caótica de antes. 

Pero nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, que diría el poeta. 

Llegamos muy cansados, muy desmoralizados y también enfadados. Demasiado sufrimiento en carne propia, demasiada batalla, para consentir sin rechistar. Muchos nos preguntamos de qué ha servido éste tiempo, este drama, si no es para aprender de nuestros errores del pasado. Si no se ha perdido un tiempo precioso para aprovechar y hacer pedagogía poblacional sobre el uso de la sanidad. La población ha respondido modélicamente al llamamiento que lanzábamos en Marzo y ha aguatado en sus casas intentando no masificar las urgencias y los centros de salud. A veces, demasiado modélicamente, poniendo en riesgo su salud e incluso su vida por no consultar ( infartos que llegaron tarde y muy mal, con varios días de evolución en su casa, pacientes con patologías crónicas descompensados, pacientes con problemas graves pendientes de diagnosticar, etc). Hasta 65000 consultas telemáticas llegamos a recibir mas de cien profesionales que voluntariamente nos constituimos en grupo consultor para intentar aliviar a los compañeros de las zonas que estaban siendo más azotadas por el Covid y que dejaban semiabandonada a una población asustada. Pero apenas se han relajado las medidas de confinamiento y se ha empezado a cantar victoria, una victoria a todas luces muy preliminar, a medida que los hospitales recuperan un ritmo más normalizado (que no normal porque, insisto, siguen estando ingresados pacientes graves con Covid), las urgencias se vuelven a saturar con el mismo mal uso de siempre. Dicho de otra manera, hemos pasado de tener pacientes en casa aguantándose con un infarto de miocardio en curso, a tener las urgencias hospitalarias saturadas por tirones musculares, urticarias, ampollas, procesos banales de meses de evolución, etc. Todo esto con plantillas al límite. Un poco más al límite de lo que ya estábamos antes. Por cansancio, por las bajas generadas entre el personal, porque con los mismos medios se ha tenido que cambiar la estructura de la mayoría de centros sanitarios ( un claro ejemplo son las salas de espera y las agendas de citación, que deben duplicarse para evitar aglomeraciones, ampliando el horario del personal, a coste cero) y porque, literalmente, no damos más de nosotros mismos. 

Hablando con compañeros estos días, pasada ya un poco el ritmo febril de compartir conocimiento y estudio tras la jornada laboral, analizando fríamente lo que hemos vivido y lo que nos queda por vivir, hemos pasado, como decía una compañera, médico de familia, por todas las fases que relataba la psiquiatra Elisabeth Kübbler-Ros y que sentaron las bases de la medicina paliativa ( extraigo la conversación mantenida con ella):

“Negación: en febrero no queríamos pensar pensaba que llegaríamos a esto.

Ira: el día que se anunció que se decretaría el estado de alarma, volví a casa llorando entre miedo de ver la realidad y rabia por haber llegado a ese punto.

Negociación: al principio de este caos estuvimos en plan «venga, que con esto vamos a poder» implicados en organizar, hacer protocolos, etc.

Depresión: de repente, empezamos a hacer nuestro trabajo y pasar de organizar para el resto al no ver respuesta por los de arriba y ver que hacía un trabajo en balde.

Aceptación: tal cual. Ahí estamos. Esto es lo que hay. Nos lo vamos a comer con patatas y no nos van a ayudar. Nos quedan meses por delante, y cuanto antes lo tengamos claro, mejor. Cambiaremos nosotros, nuestra forma de trabajar. Pero la administración no va a cambiar. Van a seguir sin escucharnos y así hasta la próxima.”

Refleja perfectamente el sentimiento de muchos por no decir la mayoría. 

Parece que no hayamos aprendido nada, seguimos viendo demasiada desidia como actitud predominante de muchos de los que nos dirigen en nuestros campos de trabajo. Ellos se escudan en los inmediatamente superiores y así, en una cadena sin fin hasta llegar a los asesores, consejeros, ministerios de turno etc. 

Una dilución continúa de responsabilidades con la que no pasa nada, nunca ha pasado nada y nunca pasará. 

Estamos en lo que se ha llamado la “punta de lanza” ( ver la explicación en este video, minuto 12:49’), y de que la podamos domar va a depender no tener un repunte de casos en masa demasiado precoz, tiempo que necesitamos para poder organizarnos mejor frente a lo que se prevé en octubre. Una línea inestable por la que andamos de puntillas siendo conscientes de que podemos resbalar en cualquier momento.

Mirando el panorama político estatal que a fin de cuentas es quien nos dirige y organiza como país (también el mundial, pero pensamos, incorrectamente, que por lejanía éste nos afecta menos) la situación es desoladora. Los sanitarios somos una vez más moneda de cambio. Hay quien, por poner un ejemplo, ya ha decidido ultrajarnos a cuenta de 12 respiradores desde una tribuna parlamentaria y a menudo se usan nuestras críticas desde los partidos para atacarse los unos a los otros. Si protestamos por lo sufrido, ésta queja es manipulada para atacar al gobierno. Si nos dedicamos a trabajar y dejamos a un lado las criticas que a todas luces son estériles por el poco caso que se nos hace, entonces es que apoyamos al gobierno y su gestión y menuda poca vergüenza con la cantidad compatriotas infectados y fallecidos que ha habido. Cuando no directamente se nos presenta como una clase privilegiada y elitista, el mismo día que se sabe que diez mil compañeros que han estado en Madrid al pie del cañón se van a la calle después de haberlo dado todo. Literal. Cierto es que se rectificó luego esta noticia del diario elcorreo.es. Pero el dardo que se lanzó, ahí queda. 

De nuevo, el clima de crispación política y social vuelve a ser insoportable. 

Si eso significaba que volviera la normalidad, más valdría habérnosla ahorrado. 

Pero si hay algo en lo que estoy totalmente de acuerdo y que quiero que sirva para cerrar este texto a todas luces gris, como mi está ánimo a día de hoy: los sanitarios somos unos privilegiados, mal que les pese a muchos

Porque cuando la tormenta escampa y lo peor de la sociedad vuelve a salir, resultado del poco espíritu crítico y menor espíritu cívico que lo acompaña, en muchos casos, azuzados todos por los políticos que usan redes sociales y medios como altavoces que resuenan atronadores…

Cuando estamos en mitad de las horas centrales de este drama y estamos agotados, después de haber vivido las situaciones más difíciles, precarias y rocambolescas que jamás hubiésemos podido imaginar …

Cuando vemos el futuro con temor e incertidumbre … 

Cuando algunos aún no hemos podido abrazar a los nuestros después de más de dos meses ( y lo que nos queda)…

Cuando todos llevamos grabados a fuego la impotencia de tantos pacientes, muchos compañeros, como hemos perdido …

Cuando no esperamos nada de lo que intuimos que cambiaria para bien hace apenas unas semanas y con ese desánimo nuestro cansancio aumenta y con él el desasosiego…

Cuando hacemos recuento de todo eso, digo…

Podemos mirar atrás con orgullo y ver todo lo que hemos conseguido, cuando no nos quedó otra que ir todos a una.

Podemos sentir  alegría por tantos pacientes como han salido adelante gracias a nuestro esfuerzo.

Podemos rascar un poco más y ver que nos queda el arrojo suficiente para seguir peleando y ya estamos trabajando para volver a poner nuestro precario sistema sanitario en pie

Y sobretodo somos unos auténticos privilegiados porque en mitad del caos siempre podemos entrar en una habitación, en una consulta, en una casa y sentarnos al lado del paciente ( “ aunque ese sentarnos al lado hoy sea más metafórico que real”), escucharlo, valorarlo, tratarlo, acompañarlo, cuidarlo, asearlo… dejando fuera todo lo demás: los políticos y su mediocridad, el ruido atronador, la infoxicación en los medios, el cansancio, los miedos, la incertidumbre, el desasosiego, la impotencia, el desencanto y la rabia. 

Solos, el paciente y nosotros, dándole de nuevo sentido a nuestro trabajo de hormiguitas. 

Y con nosotros a ambos lados de la cama, la mesa de la consulta, más allá de los muebles de las casas, siempre, la esperanza. 

Valencia 6-7/5/2020

Maridaje final: Con nosotros siempre la esperanza.  

Finding Neverland  Piano Variation in Blue

5 Comentarios

  • Amparo, comparto todas y cada una de tus palabras. Gracias por este texto que es de lo mejor que he leído en estos meses.

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